Ver árboles y escuchar pájaros no producen el mismo efecto: así responde el cuerpo a la naturaleza

Un nuevo estudio encontró que ciertos estímulos visuales reducen la frecuencia cardíaca, mientras que algunos sonidos mejoran la recuperación fisiológica del estrés.

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Sentarse frente a un bosque y escuchar el canto de los pájaros suelen formar parte de una misma escena. Las dos experiencias se asocian con calma, descanso y naturaleza. Sin embargo, el cuerpo podría no responder de la misma manera a lo que ve que a lo que escucha. Un experimento realizado con estudiantes universitarios encontró que estar frente a un paisaje boscoso reducía la frecuencia cardíaca, mientras que escuchar aves, en comparación con el ruido del tránsito, mejoraba otro indicador fisiológico relacionado con la capacidad del organismo para recuperarse del estrés. En otras palabras, ver naturaleza y escucharla podrían actuar sobre el cuerpo a través de mecanismos diferentes.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a la investigación, publicada en Frontiers in Bird Science, y realizada por científicos de North Carolina State University, en Estados Unidos. Participaron 95 estudiantes que fueron expuestos a distintas combinaciones de paisajes y sonidos mientras los investigadores registraban cómo respondía su corazón. El objetivo fue determinar qué parte de la experiencia de estar en contacto con la naturaleza produce beneficios. ¿Lo que vemos? ¿Lo que escuchamos? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?

Para intentar separar esas variables, los científicos diseñaron cuatro situaciones diferentes. Los participantes estuvieron tanto en un entorno boscoso como en un espacio urbano dominado por superficies grises. En cada lugar escucharon, mediante auriculares, dos tipos de grabaciones: canto de aves y ruido de tránsito. Así, una misma persona podía estar en un bosque mientras escuchaba pájaros, en ese mismo bosque con sonido vehicular, en un espacio urbano acompañado por aves o en ese lugar escuchando tránsito.

Cada sesión comenzaba con cinco minutos de silencio y continuaba con diez minutos de sonido. Durante el experimento, los participantes llevaban una banda que registraba dos variables. La primera era la frecuencia cardíaca: la cantidad de latidos por minuto. La segunda era la variabilidad de la frecuencia cardíaca, conocida como HRV por sus siglas en inglés.

Aunque pueda parecer extraño, un corazón sano no late con la regularidad exacta de un reloj. El tiempo entre un latido y otro cambia levemente. Esa variación está influida por el sistema nervioso autónomo, encargado de regular funciones involuntarias como la respiración, la presión arterial y el ritmo cardíaco. En términos generales, una mayor variabilidad en reposo suele asociarse con una mejor capacidad del organismo para adaptarse y recuperarse frente al estrés. Y allí apareció uno de los resultados más interesantes.

Los ojos y los oídos no hicieron lo mismo

Cuando los estudiantes permanecían frente al bosque, su frecuencia cardíaca era menor que cuando estaban en el entorno urbano gris. Pero escuchar aves no produjo exactamente esa misma respuesta. El canto de los pájaros estuvo asociado con una mayor variabilidad de la frecuencia cardíaca en comparación con el ruido del tránsito.

Los investigadores interpretan que ambos estímulos naturales podrían favorecer la recuperación fisiológica mediante mecanismos parcialmente independientes. El paisaje visual del bosque estaría relacionado con una disminución de la activación cardiovascular. Los sonidos de las aves, en cambio, podrían influir de otra manera sobre la regulación del sistema nervioso autónomo.

Lo curioso es que los investigadores no hallaron que ambos estímulos necesitaran coincidir para generar los efectos observados. Eso significa que escuchar aves no tenía que ocurrir necesariamente dentro de un bosque para asociarse con una mejor respuesta fisiológica. Y allí aparece una consecuencia interesante para las ciudades. Tal vez diseñar espacios saludables no dependa solamente de plantar árboles. También podría importar qué se escucha alrededor de ellos.

Cuando se habla de naturaleza urbana, generalmente se piensa en plazas, parques, jardines y arbolado. El sonido suele quedar en segundo plano. Sin embargo, vivir en una ciudad implica convivir permanentemente con motores, bocinas, frenadas, obras, trenes, aviones y otras fuentes de ruido. Ese paisaje sonoro también puede influir sobre el organismo.

Los investigadores plantean que el ruido del tránsito puede mantener al sistema nervioso en un estado de mayor activación, mientras determinados sonidos naturales podrían favorecer mecanismos vinculados con descanso y recuperación. Existe incluso una posible explicación evolutiva: el canto normal de las aves podría funcionar como una señal ambiental de baja amenaza: si los pájaros están cantando, el entorno probablemente no presenta un peligro inmediato.

Eso podría favorecer la actividad del sistema parasimpático, la rama del sistema nervioso relacionada con funciones de recuperación y descanso. Pero los propios autores advierten que esa explicación todavía es una hipótesis ya que el estudio detectó cambios fisiológicos. No permite establecer exactamente qué mecanismo cerebral produce esas respuestas.

Otro dato interesante es la duración de la exposición. Los cambios fueron registrados después de períodos relativamente breves: los participantes escuchaban cada sonido durante apenas diez minutos. Esto coincide con una línea creciente de investigaciones que intenta determinar si pequeñas “dosis” de naturaleza pueden producir efectos mensurables sobre el estrés, el estado de ánimo o la atención.

No significa que escuchar diez minutos de pájaros sea una terapia contra el estrés. Pero sí abre una pregunta relevante para quienes viven, estudian o trabajan en entornos muy urbanizados: ¿cuánto contacto con un ambiente natural necesita el cuerpo para empezar a responder?

El experimento también puede tener implicancias para universidades. Los investigadores partieron de una preocupación creciente por el deterioro de la salud mental entre estudiantes. En ese contexto, diseñar campus con árboles, espacios verdes y entornos acústicos menos hostiles podría ser algo más que una decisión estética. También podría influir sobre el bienestar.

Durante décadas, el diseño urbano se concentró principalmente en aquello que las personas pueden ver: edificios, calles, iluminación, plazas y árboles. Pero una ciudad también se escucha: un parque rodeado permanentemente de tráfico pesado puede no generar la misma experiencia que otro donde todavía pueden oírse sonidos naturales. Una plaza puede tener árboles y, al mismo tiempo, estar atravesada por bocinas y motores.

Un hospital, una escuela o una universidad pueden contar con jardines, pero permanecer inmersos en un ambiente acústico difícil de ignorar. La naturaleza, entonces, quizá no funcione como una sola experiencia. Los ojos reciben una cosa. Los oídos, otra. Y el organismo parece responder a ambas.

El nuevo estudio aporta una pequeña pista de esa complejidad: mirar un bosque parece desacelerar el corazón, mientras escuchar aves podría favorecer otra forma de recuperación fisiológica frente al estrés. Con todo, quizás construir ciudades más saludables no consista únicamente en sumar metros cuadrados de verde. También habrá que empezar a preguntarse cómo suenan esos espacios.


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