¿De qué manera la inteligencia artificial puede cambiar el futuro de las armas químicas?

Especialistas advierten que se pueden crear nuevos compuestos nocivos que escapen a las regulaciones vigentes.

Soldados ucranianos participan en simulacros de riesgos químicos, biológicos y de radiación. Créditos: Sofiia Gatilova / Reuters.
Soldados ucranianos participan en simulacros de riesgos químicos, biológicos y de radiación. Créditos: Sofiia Gatilova / Reuters.

Las armas químicas son sustancias que se utilizan para causar daños o la muerte por medio de sus propiedades tóxicas. Dentro de la definición también se incluyen aquellas municiones, dispositivos y otros equipos diseñados específicamente para convertir en armas a las sustancias químicas tóxicas. Al ser más económicas y de mayor alcance que otras opciones, su uso data de, al menos, la Primera Guerra Mundial, donde se estima que provocó más de un millón de muertes. Después de casi 80 años con usos cada vez más sofisticados, en 1997 la mayoría de los países del mundo, incluso las grandes potencias, suscribieron a la Convención sobre las Armas Químicas (CAQ), el primer acuerdo multilateral de desarme global que contempló la eliminación de estas armas de destrucción masiva.

Si bien todos los arsenales declarados fueron erradicados, diferentes denuncias advierten su utilización en Europa, Medio Oriente y el norte de África. Incluso, lo que aún significa más, especialistas observan que se pueden generar nuevas sustancias letales gracias a la inteligencia artificial. “Lo que cambia con la IA es que se pueden realizar nuevos compuestos químicos que sean tóxicos y que no estén dentro de la lista de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ)”, detalla Axel Soto, investigador del Conicet y de la Universidad Nacional del Sur, en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes.

La OPAQ reconoce tres tipos de sustancias químicas que son clasificadas por su riesgo y su uso potencial en armas. La lista 1 está integrada por compuestos de alto riesgo utilizados directamente como agentes letales. A su vez, la lista 2 alberga a químicos que fueron precursores en la cuestión, que son de riesgo medio, pero también se utilizan para fines industriales. Por último, en la lista 3 están aquellos que son de bajo riesgo, pero que de todas maneras deben controlarse para asegurar su uso pacífico.

Según la OPAQ, además, el 98 por ciento de la población mundial vive bajo la protección de la Convención. A su vez, se destruyeron el 100 por ciento de las armas químicas declaradas en el mundo, que eran alrededor de 72 mil toneladas. No obstante, la creación de nuevas sustancias que estén por fuera de los listados oficiales podría complicar el panorama.

En este sentido, el científico alerta: “La gran amenaza es la creación de muchos agentes nocivos con algoritmos que utilizan IA y aprendizaje automático. Más allá de que califican como armas químicas, es muy difícil hacer inspecciones de compuestos que salen prácticamente todos los días”. Incluso, el director general de la OPAQ destacó los riesgos que la química asistida por inteligencia artificial puede suponer para el cumplimiento de la Convención. Esto se debe a que pueden identificarse nuevas vías para los compuestos tóxicos existentes con facilidad y rapidez.

A pesar de las alarmas, no todo lo relacionado entre inteligencia artificial y armas químicas es negativo. Por ejemplo, cuenta Soto, “la inteligencia artificial puede ser empleada como un recurso estratégico para detectar sustancias químicas y determinar qué compuestos aparecen en las muestras, con el fin de facilitar el análisis forense y detectar en qué lugar del mundo podría haberse elaborado”.

Junto a Carolina Waiman, quien también es científica del Conicet y la Universidad Nacional del Sur, Soto participó de un panel de 20 expertos sobre armas químicas, que se llevó a cabo en Países Bajos. El objetivo de la reunión fue debatir sobre la actualidad y los peligros de este recurso bélico. A su vez, la idea fue establecer una red de investigadores que divulguen lo estipulado por la Convención sobre las Armas Químicas.


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