Estudios científicos revelan cómo el cambio climático y la contaminación lumínica se constituyen como las principales amenazas para estos insectos.

Se hacía de noche y las gotas de rocío comenzaban a aparecer en el campo. En ese mismo escenario, aparecían luces intermitentes. No era magia, sino luciérnagas. Esto, que era usual hace unos años, ya no lo es tanto; un espectáculo natural cada vez menos frecuente. ¿Se trata de una desaparición paulatina o es simplemente que dejamos de prestar atención? Si bien la ausencia puede parecer simple nostalgia, la ciencia confirma que la preocupación por estos insectos tiene fundamento. Desde la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes analizamos las posibles razones de la disminución de las poblaciones de luciérnagas.
Debido al cambio climático y al avance de la frontera agrícola hay una crisis en las poblaciones de insectos: muchos de ellos han cambiado su hábitat. Los mosquitos se trasladaron hacia zonas más altas y templadas y las mariposas modificaron sus rutas migratorias y áreas de reproducción. De todo esto hay evidencia científica. La situación de las luciérnagas, sin embargo, aún no tiene el mismo nivel de evidencia. A diferencia de otros grupos mejor monitoreados, existen pocos datos cuantitativos sobre sus poblaciones y el conocimiento al respecto tiene un carácter anecdótico. Aun así, las opiniones e informes apuntan a un declive.
Un estudio realizado por diversas instituciones de Estados Unidos abordó la desaparición de las luciérnagas al utilizar más de 24 mil observaciones recolectadas entre 2008 y 2016 por Firefly Watch, un programa de ciencia ciudadana en el que voluntarios registran la presencia de estos insectos. Los datos, publicados en la revista Science of the Total Environment, fueron usados por los investigadores para desarrollar algoritmos que evaluaban el peso relativo de múltiples variables ambientales. Entre estas variables estaban el uso de pesticidas, la contaminación lumínica, el clima, el tipo de suelo y la cobertura del paisaje.
Aunque las encuestas sobre presencia y ausencia de luciérnagas solo se realizaron en Estados Unidos, los datos apuntan a una disminución. Los resultados muestran que no existe una causa única: la abundancia de luciérnagas depende de interacciones complejas entre factores ambientales, condiciones del suelo y características de su uso. Sin embargo, el clima emerge como el que posee la mayor responsabilidad en las transformaciones de las poblaciones de las luciérnagas. Los especialistas a cargo del artículo afirman que, actualmente, el cambio climático representa una amenaza mayor que en el pasado.
Cuando la luz viene de otra parte
Las luciérnagas emiten luz gracias a un fenómeno conocido como bioluminiscencia. Es una reacción enzimática que precisa de oxígeno y ocurre en un órgano ubicado en el abdomen. Estos insectos usan la bioluminiscencia para atraer una pareja, pero también para comunicarse. Con destellos específicos se pueden reconocer entre individuos de la misma especie y también pueden alertar sobre la presencia de depredadores. ¿Qué pasa con estas señales lumínicas cuando hay demasiada luz artificial?
Estudios recientes publicados en la revista Nature Conservation muestran que los efectos de la luz no son iguales en todas las etapas de vida. Los machos adultos pueden verse atraídos por luces rojas o blancas cálidas y esto interfiere con el apareamiento. Por otra parte, las larvas reducen su actividad bajo luz blanca intensa. Estos resultados complican las soluciones simples. A menudo se propone iluminación con luz roja como alternativa amigable para las luciérnagas. Sin embargo, los resultados revelan que, mientras es menos perjudicial para las larvas, resulta problemática para los adultos.
En conjunto, la evidencia apunta a que la conservación de las luciérnagas requerirá una combinación de acciones: monitoreo continuo, políticas que mitiguen los efectos del cambio climático y prácticas de manejo del paisaje que reduzcan la contaminación lumínica. La ausencia de luciérnagas no es solo una pérdida estética; es una señal de alarma sobre el estado de los ecosistemas nocturnos que apenas se comprenden. Si las condiciones no cambian, el camino solo conducirá a una luz natural que se apaga.

