
En mamíferos como el humano, la sudoración es un mecanismo central para perder calor por evaporación. En el cerdo, en cambio, la disipación de calor por sudor cutáneo es limitada y el animal depende mucho más de ajustes conductuales y respuestas respiratorias para evitar la hipertermia. Esa vulnerabilidad está respaldada por la literatura de bienestar y comportamiento: el cerdo no “resuelve” el calor transpirando, sino que lo gestiona con el ambiente y con conductas de enfriamiento.
El giro es doble: además de incorrecta en términos biológicos, la expresión probablemente no nació mirando a un cerdo real. Una explicación muy difundida la vincula con la metalurgia y el llamado “pig iron”. Cuando el hierro en bruto se enfría, puede aparecer condensación sobre su superficie al acercarse a temperaturas compatibles con el punto de rocío del aire: una película de gotas que, en el lenguaje coloquial, se interpretó como “sudor”. En ese relato, el “cerdo” sería una analogía de forma, asociada a moldes o canales de colada que recordaban a una cerda con sus lechones. Con el tiempo, la metáfora se mudó de la industria al habla cotidiana: lo que era condensación en un metal terminó convertido en un “dato” sobre un animal, aunque la fisiología porcina no lo respalde.
En biología porcina, el barro no es un detalle pintoresco: es una herramienta de termorregulación. El “wallowing” —revolcarse y recubrirse con lodo— se describe como una estrategia conductual eficaz para prevenir la hipertermia cuando la pérdida de calor por sudoración no alcanza. La lógica física es directa: el barro mantiene una película húmeda sobre la piel, prolonga el enfriamiento por evaporación y, además, puede reducir la carga térmica por radiación al actuar como barrera parcial frente al sol, con un plus de protección cutánea.
Cuando el barro no está disponible, el cerdo recurre a un “plan B” menos eficiente: busca sombra, reduce la actividad para bajar la producción metabólica de calor, se recuesta sobre superficies más frías para favorecer la pérdida por conducción y aumenta la frecuencia respiratoria para disipar calor por vía respiratoria. El punto crítico es que estos mecanismos tienen techo: a medida que la temperatura ambiente se aproxima a la corporal, la pérdida de calor por convección y radiación rinde menos, y el animal queda con un margen evaporativo limitado. En producción intensiva, ese límite deja de ser teoría: el estrés por calor se asocia con menor consumo, cambios metabólicos y pérdidas de eficiencia que la literatura de producción viene midiendo desde hace años.
Del barro al laboratorio
La ciencia aplicada no se queda en el diagnóstico de “los cerdos sufren calor”: baja al terreno, prueba soluciones concretas y las mide con datos. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un estudio publicado en PubMed, en el que un equipo de la Universidad Complutense de Madrid llevó el experimento a escala real en un feedlot de España. Trabajaron con 400 cerdos de engorde, asignados al azar a 40 corrales. En 20 corrales instalaron duchas de baja intensidad y aplicaron aspersión justo en la franja más crítica del día: 2 minutos cada 30 minutos entre las 12 y las 19 (15 ciclos diarios, cerca de 4 litros por cerdo por día). Los otros 20 corrales quedaron como grupo control, sin duchas, para poder comparar resultados.
El equipo registró el patrón de alimentación con un sistema electrónico en el comedero que contabilizaba cada acercamiento del animal y calculaba la ocupación minuto a minuto. Para cuantificar el efecto térmico, usaron termografía infrarroja y midieron temperatura superficial en distintas zonas del cuerpo antes y después de la ducha. Y cerraron el circuito en frigorífico, evaluando peso de carcasa y variables de calidad de carne. Los resultados fueron consistentes con la hipótesis: con duchas, la temperatura superficial bajó de forma clara; en los períodos más calurosos, los animales mostraron mayor acercamiento al comedero; y se observaron mejoras en varios indicadores del producto final frente al grupo sin duchas. Es decir, una medida simple, barata y aplicada en la ventana horaria correcta puede reducir la carga térmica, sostener la conducta alimentaria y mejorar resultados asociados a bienestar y desempeño.

