
Al amanecer, la neblina se pega a las hojas y una flor de tallo traslúcido asoma entre raíces como un farol mínimo. La botánica que la encuentra no grita “eureka”. Sabe que la emoción, si llega, vendrá meses después, cuando esa forma de vida tenga un nombre aceptado. Esa escena —repetida en selvas, arrecifes y humedales— condensa la noticia: la vida todavía no está del todo contada.
Durante mucho tiempo se dio por hecho que el gran boom de descubrimientos había quedado atrás, en la época de fines del siglo XIX y comienzos del XX, y que hoy quedaba poco por encontrar porque casi todo lo que existe ya tenía nombre. Pero un trabajo reciente publicado en Science Advances, al que tuvo acceso la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, pincha esa certeza: la ciencia no está cerrando el inventario, lo está ampliando a toda velocidad.
Los autores reconstruyeron cómo creció la biodiversidad “con nombre y apellido” usando el Catalogue of Life, una de las bases más consultadas para ordenar el zoológico del planeta. El recorte es estricto: incluye solo especies vivientes y nombres aceptados, y deja afuera virus, fósiles y registros sin fecha clara. En total, el análisis trabaja con 1,9 millones de especies y mira, año por año, cuántas se sumaron a la lista oficial.
El dato que lo resume todo es que las tasas más altas de descripción, por encima de 16.000 especies por año, ocurrieron desde 2015. Y el récord llegó en 2020, con 17.044 especies nuevas en apenas doce meses. En otras palabras, el “mejor año” de la taxonomía no es un capítulo viejo: está en pleno siglo XXI.
¿Quién empuja esa aceleración? La respuesta es simple y el estudio la confirma con números: los grupos más grandes son los que más crecen. Animales, artrópodos, insectos y escarabajos explican buena parte del salto; entre los vertebrados, se destaca el aporte de los peces de aletas radiadas.
Nombrar también es conservar
El estudio no solo mira el pasado: también estima cuánto podría crecer la biodiversidad conocida hacia el año 2400, si el ritmo de descripción siguiera una trayectoria similar. En una de sus proyecciones, los animales (Animalia) pasarían de 1.341.026 especies registradas en 2020 a 2.601.719; los hongos (Fungi) subirían de 142.422 a 307.221 y las plantas (Plantae) de 362.900 a 532.458. En bacterias, el modelo sugiere 87.279 especies, pero con un margen de incertidumbre muy grande.
En conservación, lo que no está identificado suele quedar fuera del radar. El estudio lo plantea con claridad: una especie puede volverse “invisible” para políticas y acciones de protección hasta que exista formalmente para la ciencia, con su descripción y su nombre. Además, recuerda que muchas especies descriptas más recientemente tienden a estar más amenazadas que las conocidas desde hace décadas.
Los autores también le ponen freno a la euforia con una advertencia técnica, pero decisiva: proyectar el futuro exige cautela. Detectaron que después de 2020 aparecen menos “nuevas” especies en grandes bases de datos, aunque eso no necesariamente significa que se estén descubriendo menos; puede reflejar un retraso entre la publicación científica y la carga en esas plataformas. Por eso, para evitar distorsiones, varios análisis se apoyan en datos hasta 2020 y dejan afuera los años 2021 a 2024 al ajustar modelos.
Se sigue poniendo nombre a miles de formas de vida por año y, según este trabajo, el ritmo viene acelerándose. La pregunta que queda es si lograrán nombrarlas a tiempo, antes de que algunas desaparezcan sin haber sido registradas.

