Científicos publican un estudio que analiza el modo en que los discursos oscturantistas impactan en la política.

El negacionismo del cambio climático existe, es un fenómeno real, que además está lejos de ser reciente. De hecho, opera y crece de manera sistemática desde hace tres décadas, paradójicamente, en un escenario de consenso científico en torno al rol decisivo que tiene la acción humana en el calentamiento global. Lo que aún significa más: el “contramovimiento” negacionista ha sido exitoso, ya que logró instalar dudas en la opinión pública y frenar políticas fundamentales orientadas a disminuir la emisión de gases de efecto invernadero. Bajo esta premisa, Peter Jacques y Riley Dunlap, profesores del Departamento de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Monmouth de Nueva Jersey, analizaron la evidencia de las últimas décadas para arrojar luz sobre las consecuencias de las ideas oscurantistas . Los hallazgos forman parte de un artículo publicado en la revista Plos One al que la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso.
Un movimiento social se puede definir como un esfuerzo colectivo consciente para organizarse en pos de un cambio. A veces, si un movimiento amenaza con triunfar, las élites poderosas suelen defender sus intereses y también se organizan, lo marca el nacimiento de un contramovimiento. Según los investigadores a cargo del artículo de Plos One, el contramovimiento negacionista surgió en 1992 tras el anuncio de los problemas ambientales globales en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, llevada a cabo en Río de Janeiro.
El contramovimiento negacionista es un conjunto heterogéneo: grandes corporaciones vinculadas a la extracción y a la aplicación de combustibles fósiles, “think tanks” de extrema derecha y un pequeño grupo de científicos disidentes, habitualmente citados como especialistas (voces de autoridad) en los documentos que se suelen difundir. Por ejemplo, Heartland Institute, es un espacio que produce propuestas, se opone a regulaciones ambientales y difunde discursos escépticos sobre el cambio climático.
En concreto, el negacionismo presenta varias narrativas recurrentes que se organizan en algunos ejes principales. En primer lugar, señalan que la Tierra no se calienta, que los cambios son esperables y naturales, y que no se deben a la actividad humana. Por otra parte, niegan los impactos: el cambio climático no es negativo y puede ser beneficioso. También en esta dirección afirman que las políticas de mitigación de los efectos son inútiles y hasta perjudiciales para la economía.
Según el estudio publicado en Plos One, y luego del análisis de más de cien libros que rechazan la ciencia del clima, los autores confirman la presencia de las narrativas clásicas. Sin embargo, lo que preocupa más no es el cuestionamiento a los modelos específicos sino el ataque a la legitimidad de la ciencia misma. Se trata de una postura ideológica que desafía la capacidad de las sociedades para corregir sus propios daños mediante el conocimiento científico.
Eficacia comprobada
La eficacia de los movimientos negacionistas quedó demostrada en algunas iniciativas mundiales. Por ejemplo, Estados Unidos firmó en 1998 el Protocolo de Kioto en el que se comprometía a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por debajo de los niveles de 1990. Sin embargo, el gobierno de George Bush retiró el apoyo al documento en 2001. El argumento era que perjudicaba a la economía estadounidense y no incluía a países en desarrollo. Por tanto, nunca lo ratificó ni se obligó legalmente a cumplirlo.
En otro episodio, la Cumbre de Copenhague celebrada en 2009 fracasó en lograr un acuerdo vinculante. El motivo fue la falta de consenso entre países desarrollados, que se negaron a fijar metas restrictivas de emisiones. Todo esto ocurrió a raíz de un sabotaje diplomático y exclusión de delegaciones en negociaciones secretas. Aunque se logró un acuerdo, este no fue vinculante. En otras palabras, nadie estaba obligado a cumplirlo.
En épocas donde las temperaturas alcanzan extremos y rompen récords, los autores del artículo explican que el negacionismo del cambio climático debe entenderse como un proyecto político-cultural con raíces en la defensa de sistemas de poder y privilegio forjados desde la industrialización. Su carácter antirreflexivo no solo niega hechos científicos, sino que busca deslegitimar las bases mismas del conocimiento que podrían impulsar una transición hacia modelos energéticos y económicos más sostenibles. Comprender esta dinámica es fundamental para enfrentar de manera efectiva la desinformación climática.
Qué ocurre en Argentina
Según los científicos locales Valeria Edelsztein y Claudio Cormick, quienes se especializan en el estudio de las corrientes negacionitas, el negacionismo climático en Argentina parece ser un fenómeno marginal, por más que el gobierno intente instalarlo como parte de su batalla cultural. Los investigadores citan encuestas realizadas por Greenpeace Argentina en 2022 y por el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina en 2024, y observan que las respuestas negacionistas se ubican entre el 2 y el 15 por ciento del total. En otro estudio realizada por Edelsztein y Cormick, la adopción de este tipo de actitudes está mediada por la identidad política: quienes se autodenominan “libertarios” son negacionistas climáticos en una proporción significativamente mayor que aquellas personas que pertenecen a otras identidades políticas.
Cormick y Edelsztein analizaron también el discurso de Milei en una publicación reciente de la revista Global Society. El interés radica en que el presidente argentino parece ser la figura central para entender la instalación de una agenda negacionista climática en Argentina. Los especialistas explican que, “aunque Milei no niega el cambio climático, sí lo hace respecto de su carácter antropogénico. Entonces, su oposición a implementar políticas públicas de mitigación aparece discursivamente como una consecuencia de esta posición sobre las causas del cambio climático”.

