
Sobre esa zona crítica se planta Bioproyectos. Formulación y evaluación de proyectos biotecnológicos, el libro de Daniel Gomez y Leticia Bentancor, docentes de la Universidad Nacional de Quilmes e investigadores del Conicet, que busca intervenir justamente ahí donde muchos desarrollos quedan a mitad de camino: en el salto entre el laboratorio y la implementación.
El salto que la formación suele dejar afuera
La obra no parte de una abstracción académica, sino de un problema concreto, frecuente y bastante más extendido de lo que suele admitirse en la formación científica: la distancia entre investigar y diseñar proyectos viables. “La motivación inicial fue bastante concreta: advertimos que, en la formación en biotecnología, existe una brecha entre el conocimiento científico que se genera en laboratorios y la capacidad de convertir ese conocimiento en proyectos viables con impacto real. Muchos estudiantes y jóvenes investigadores dominan muy bien los aspectos técnicos de su disciplina, pero cuentan con menos herramientas para formular, evaluar y gestionar proyectos que puedan traducirse en desarrollos tecnológicos, emprendimientos o transferencias efectivas al sector productivo”, explica Daniel Gomez, en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes.
En esa distancia se juega buena parte del destino de la innovación. Porque la biotecnología no vive solo de experimentos exitosos. También depende de tiempos, costos, regulaciones, escalado, financiamiento, articulación institucional y transferencia tecnológica. Y ese repertorio, muchas veces, no ocupa un lugar central en las aulas.
En conversación con esta Agencia, Leticia Bentancor plantea: “En muchas universidades, armar proyectos en biotecnología no se enseña, se aprende sobre la marcha si una investigación tiene potencial de generar un producto o un servicio. En la UNQ tenemos la suerte de que hay una materia específica y que es obligatoria, pero incluso así, la formulación de un proyecto sigue siendo un desafío: hay que pensar en si la idea es viable, si aporta algo útil, cumplir regulaciones, planificar tiempos y costos, y explicar el proyecto a gente que no es científica. Son habilidades que complementan la ciencia que ya conocemos y que muchas veces se subestiman”.
Una brújula para que la innovación camine
Ahí aparece el corazón del libro. Bioproyectos no pretende deslumbrar con promesas futuristas ni vender la ilusión de que toda buena idea merece automáticamente convertirse en empresa, patente o producto. Lo que propone es más serio y más útil: ordenar el proceso. Dar herramientas para que una intuición científica pueda pensarse como iniciativa viable, defendible y situada en un ecosistema real, con reglas, actores, límites y oportunidades.
Gomez resume esa apuesta con claridad: “Bioproyectos surgió justamente para contribuir a cerrar ese vacío. El libro propone un enfoque didáctico que integra la generación de ideas innovadoras con el diseño de proyectos científico-tecnológicos, el desarrollo de modelos de negocio, la transferencia tecnológica y los aspectos legales y financieros que atraviesan la biotecnología aplicada. En ese sentido, busca ofrecer una guía que ayude a los futuros profesionales a articular el conocimiento científico con la gestión de proyectos y el desarrollo emprendedor, algo especialmente necesario en contextos como el nuestro, donde la innovación requiere tanto creatividad como resiliencia”.
El texto nace, además, de una experiencia concreta en el aula. Y desde ahí construye su diferencial: no aplicar recetas genéricas, sino traducir herramientas de gestión al idioma específico de la biotecnología, con sus tiempos largos, su incertidumbre experimental y su marco regulatorio exigente. “El rasgo distintivo de Bioproyectos es que aborda la formulación y evaluación de proyectos desde la perspectiva específica de la biotecnología y del ecosistema científico-tecnológico en el que estos proyectos se desarrollan. No se trata simplemente de aplicar metodologías generales de gestión, sino de adaptarlas a un campo con particularidades muy claras: tiempos de desarrollo largos, incertidumbre experimental, procesos de escalado, regulaciones complejas y una fuerte interacción entre la investigación académica, el sector público y el sector productivo”, señala Gomez.
Esa especificidad no es menor: en biotecnología, el proyecto no se define solo por su elegancia científica, sino por su capacidad de superar pruebas técnicas, financieras, regulatorias y de adopción. Bentancor lo subraya con una frase que funciona como advertencia y brújula: “Porque en biotecnología la ciencia es solo una parte del proyecto. Si no consideramos la viabilidad económica, el impacto y la transferencia tecnológica, el desarrollo puede quedar en el paper o en el laboratorio. Pensar estos aspectos desde el inicio es lo que permite que el conocimiento realmente se transforme en una solución concreta”.
Por eso el libro parece escrito para quienes están en ese borde donde la ciencia empieza a pedir otro tipo de herramientas: estudiantes, tesistas, jóvenes investigadores, equipos de I+D, tecnólogos y emprendedores. “Creo que lo más útil es que el libro baja a tierra el proceso: propone ordenar la idea, definir bien el problema que se quiere resolver, analizar si realmente es viable y pensar desde el inicio en el impacto y la implementación. También aporta herramientas concretas para estructurar objetivos, planificar tiempos y evaluar riesgos. Para alguien que recién empieza, esa guía ayuda a pasar de una buena idea a un proyecto sólido y defendible”, plantea Bentancor.
En tiempos en que la palabra innovación se repite hasta gastarse, Bioproyectos decide volver a lo que de verdad cambia destinos: pensar estratégicamente el recorrido de una idea. Gomez lo formula como una convicción de fondo: “La idea central es que el conocimiento científico alcanza su máximo potencial cuando se transforma en proyectos capaces de generar valor para la sociedad. La biotecnología tiene un enorme poder transformador, pero para que ese potencial se materialice es necesario aprender a formular estrategias, evaluar oportunidades, articular equipos y construir puentes entre el laboratorio, las instituciones y el sector productivo”.
Con todo, el futuro de muchas ideas no se decide en el momento del hallazgo, sino en el instante posterior, cuando el laboratorio se queda sin música y aparece la pregunta de siempre: quién lo va a usar, cuánto cuesta, cuánto tarda, qué riesgo tiene y qué falta para que deje de ser promesa. Ahí es donde Bioproyectos cobra sentido: no celebra la ciencia, la empuja a salir a la calle.

