Medio siglo de ciencia y derechos humanos: el legado de Mary-Claire King y el índice de abuelidad

La historia de la genetista que, junto a las Abuelas de Plaza de Mayo, usó a la ciencia como en una herramienta clave para la memoria, la verdad y la justicia.

Mary-Claire King, le genetista que trabajó junto a Abuelas de Plaza de Mayo (imagen: mujeresconciencia.com)
Mary-Claire King, le genetista que trabajó junto a Abuelas de Plaza de Mayo (imagen: mujeresconciencia.com)

En el marco de los cincuenta años del golpe cívico-militar, se vuelve inevitable mirar hacia atrás para reconocer los avances construidos en democracia. En ese recorrido, las Abuelas de Plaza de Mayo aparecen como un faro: un ejemplo persistente de lucha, resiliencia y, también, de cómo la ciencia puede ponerse al servicio de la verdad. Fue justamente a partir de su búsqueda que nació uno de los desarrollos más innovadores de la genética forense: el índice de abuelidad. Gracias al trabajo de la genetista Mary-Claire King, Argentina se convirtió en un referente mundial en la aplicación de la genética a los derechos humanos. Desde la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, en estas fechas cargadas de memoria, proponemos volver sobre la historia de King: una científica que ayudó a cambiar la medicina y también a reparar, en parte, el daño causado por la dictadura.

Mary-Claire King nació en 1946 en Chicago. Su formación académica no siguió un camino lineal: primero estudió matemáticas y luego se doctoró en genética. Para cuando su nombre comenzó a sonar entre las Abuelas de Plaza de Mayo, King ya era reconocida por haber identificado el gen BRCA1, asociado al cáncer hereditario de mama y ovario. Ese hallazgo abrió la puerta a estrategias de diagnóstico temprano que hoy salvan millones de vidas. Anteriormente, la científica también había realizado otro aporte clave: demostró que los seres humanos y los chimpancés comparten cerca del 99 por ciento del ADN, una evidencia contundente en el campo de la evolución.

La dimensión del trabajo de Mary-Claire King va más allá de las mesadas de laboratorio y los tubos de ensayo. Fue una de las pioneras en aplicar herramientas genéticas para la identificación de personas desaparecidas. Su aporte fue decisivo para desarrollar métodos capaces de reconstruir vínculos biológicos aun en ausencia de los padres, algo fundamental en los casos de apropiación de niños durante la dictadura. Se trata, ni más ni menos, del índice de abuelidad: una fórmula estadística mediante la cual se puede probar el parentesco entre una abuela y un nieto o nieta.

El camino de la abuelidad

Ese cruce entre ciencia y derechos humanos comenzó a tomar forma en noviembre de 1982. Las Abuelas llevaban años recorriendo el mundo en busca de respuestas. En Nueva York, en el bar de un hotel de la calle Lexington, se reunieron con Víctor Penchaszadeh, un médico argentino especializado en genética. Él les explicó que la ciencia podía ofrecer una solución, pero que hacía falta construirla: convocar especialistas y diseñar nuevos experimentos. No se trataba solo de genes, sino también de matemática, estadística y de un elemento central: la sangre.

A partir de allí se armó una red de científicos. El hematólogo Fred Allen, el científico chileno Cristian Orrego, quien acercó a King al proyecto, y otros especialistas comenzaron a trabajar en conjunto. En 1984 organizaron un simposio internacional donde las Abuelas fueron las protagonistas. La idea había sido de ellas: usar la genética como herramienta para recuperar la identidad. Ese mismo año, en junio, Mary-Claire King llegó a la Argentina y se contactó con Ana María Di Lonardo, jefa de Inmunología del Hospital Durand, donde comenzaron las primeras pruebas. El camino era incierto, pero el objetivo estaba claro.

Gracias a las Abuelas de Plaza de Mayo ya son 140 las personas que recuperaron su identidad, 117 de ellas lo hicieron gracias al índice de abuelidad, único en el mundo en su momento,

A lo largo de su carrera, King recibió múltiples reconocimientos, entre ellos el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica y el Premio Internacional Gairdner. Más allá de los galardones, su legado constituye una certeza que sigue vigente: la ciencia, cuando se integra con la sociedad, puede ser una herramienta poderosa para la memoria, la verdad y la justicia.


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