
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ, Tomás Pomar, integrante del Observatorio de Derecho Informático Argentino, explica: “Hay respuestas muy distintas según cada país y cada sector afectado. Algunos Estados empiezan a discutir regulaciones más protectoras frente al impacto de la IA sobre el trabajo creativo y los derechos de las personas, mientras que otros directamente dejan el tema librado al mercado. El problema es que, muchas veces, el debate queda atrapado en una dicotomía bastante reduccionista: regular sería ‘estar en contra de la innovación’, y no regular equivaldría automáticamente a favorecer el desarrollo tecnológico. Y la realidad es bastante más compleja”.
Por su parte, Javier Pallero, analista de políticas públicas de Internet, desglosa ante la Agencia: “Lo que nos hace falta como sociedad es que las normas que tenemos hoy por hoy sean aplicables al ámbito digital. Por ejemplo, en Argentina, tenemos la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual, que también aparece en el Código Civil, que posee un artículo que establece que no se puede hacer un uso comercial ni de la imagen ni de la voz de una persona ni ningún aspecto similar si no hay una autorización expresa. El que lo haga, debe pagar una indemnización económica. Entonces, esta norma podría ser usada para hacer una denuncia si es que la imagen de un actor está siendo empleada por una IA“. Y continúa: “Después, sí hay temas que hay que trabajar más. Por ejemplo, la ley de este país y de muchos otros prohíbe el uso no autorizado de la imagen. Pero, para que suceda eso, los modelos de IA deben entrenarse con obras y quizás eso es lo que menos está regulado: el entrenamiento de los grandes modelos de lenguaje con imágenes que nadie autorizó”.
En el caso de México, por ejemplo, el gobierno escuchó la protesta de actores de doblaje que pidieron que se proteja su trabajo. Así, la reforma a la Ley Federal del Trabajo y a la Ley Federal de Derecho de Autor reconoce la voz humana como herramienta artística “única e irrepetible”, otorgándole así un nivel de protección similar al de una huella dactilar. Establece que el doblaje de proyectos audiovisuales debe ser realizado exclusivamente por personas físicas, y prohíbe el uso de sistemas automatizados o voces generadas por IA para sustituir a los actores. Al mismo tiempo, la nueva normativa exige que cualquier uso de la voz de un actor para entrenar modelos o para ser clonada debe estar respaldado por un contrato específico y una remuneración aparte.
El debate incluye a todos, desde gobiernos y sindicatos, hasta tribunales. Por ejemplo, en China, la justicia de Hangzhou (ciudad donde nació DeepSeek) declaró ilegal la rescisión del contrato de un técnico al que su empresa intentó sustituir por grandes modelos de lenguaje. La tarea del trabajador consistía en revisar discrepancias producidas por IAs, parecidas a ChatGPT o Gemini, con el objetivo de garantizar resultados precisos. Con el tiempo, esta tarea fue asumida por una IA y la empresa le bajó el sueldo al técnico hasta que decidió echarlo. Tras varias instancias y revisaciones de las normas, el juzgado resolvió que la tecnología no tiene la capacidad de sustituir los puestos de trabajo de los humanos.
Pallero afirma: “Los miedos en torno a si una IA puede reemplazarnos son reales, pero varían mucho en cada sector. En el área de fábricas, es un temor que viene hace muchísimos años. En lo que respecta a la creatividad, como lo que hace un escritor o actor, es algo relativamente nuevo. Si bien hoy podemos distinguir lo que es real de lo que no, en unos años estas IAs van a estar más entrenadas y serán mejores“.
En diálogo con esto, Pomar plantea: “Asistimos a una transformación muy profunda de las lógicas del trabajo, aunque eso no necesariamente implica su desaparición. La automatización tiene la capacidad de eliminar o precarizar muchos puestos laborales, especialmente en tareas repetitivas o digitalizadas, pero también puede generar nuevas posibilidades mediante la reducción del costo de capital necesario para emprender determinadas actividades. El problema es que estos procesos de transición no suelen ser equilibrados ni automáticos: algunos sectores se benefician mucho más rápido que otros. Más que hablar del ‘fin del trabajo’, probablemente haya que estar atentos a las nuevas tensiones y asimetrías, o a la profundización de las ya existentes, que estas herramientas pueden traer“.
Lejos está de ser un debate cerrado. Además de pensarse en regulaciones que protejan los derechos de los trabajadores frente al avance de la IA, los especialistas coinciden en que hay que mirar las normas ya establecidas. Pomar expresa: “El desafío pasa por dictar nuevas leyes y también por fortalecer la capacidad institucional para aplicar los principios que el derecho ya reconoce frente a estas tecnologías”.

