
En diálogo con laAgencia de Noticias Científicas de la UNQ, Diego García Lambas, investigador del Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE), que participa en el Observatorio Vera Rubin, detalla: “El telescopio tiene la cámara más grande que se construyó en la historia. Tiene un gran campo de visión, cuenta con la más reciente tecnología y mira el cielo varias veces en la misma noche. Esto quiere decir que se acumulan imágenes que cada vez son más nítidas, más profundas y con más detalle”.
El Observatorio posee un espejo de 8,4 metros de diámetro y una cámara con una resolución de 3.200 megapíxeles que permitirá escanear todo el cielo visible cada tres noches. Cada imagen abarcará un área equivalente a 40 veces el tamaño de la Luna llena. Su diseño, construcción y puesta a punto demoró 20 años y, en los próximos diez, revelará detalles desconocidos hasta ahora de galaxias distantes, asteroides del sistema solar y fenómenos cósmicos impredecibles.
El principal objetivo científico es ver qué objetos hay en el universo y cómo estos varían con el tiempo. Nelson Padilla, director del IATE, afirma a la Agencia: “Este proyecto se distingue del resto porque nos va a permitir ver cosas científicas que no conocemos. Se verán, por ejemplo, asteroides, nuevas explosiones del supernova –muerte de las estrellas–, galaxias lejanas con agujeros negros masivos en sus centros y que se están acrecentando”.
García Lambas agrega: “Estamos acostumbrados a ver un objeto de una determinada manera, pero hay eventos que ocurren y los cambian. Por ejemplo, las variaciones estelares. Una estrella varía su luminosidad de manera constante e, incluso, puede hacerlo de forma violenta, como una supernova. Entonces, esperamos encontrar cambios en los distintos tipos de estrellas”.

El científico detalla que se podrán ver objetos diminutos que se mueven y cambian de posición en el cielo. “También, vamos a poder captar variabilidad en lentes gravitacionales, que son una manifestación de la reactividad general en la transmisión de la luz. La realidad es que estamos expectantes. Sabemos que encontraremos variabilidades pero la naturaleza será la que nos sorprenda”, añade.
Así también, el Observatorio buscará avanzar en el conocimiento de la naturaleza de la materia oscura y la comprensión de la energía oscura; en el catálogo del Sistema Solar; en la cartografía de la Vía Láctea.
El rol de la ciencia argentina
En este proyecto, denominado Investigación del Espacio-Tiempo como Legado para la Posteridad, participan 1.500 científicos de 30 países. Entre ellos, hay investigadores del Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE), dependiente del Conicet y la Universidad Nacional de Córdoba. Por ejemplo, Carolina Villalón y Marco Rocchietti intervinieron en el desarrollo del software del telescopio.
Facundo Rodríguez es otro de los científicos que forma parte de este hito. “En el equipo argentino en el que estoy, usamos una simulación de los datos que va a recabar el telescopio para desarrollar técnicas que nos permitan estudiar la distribución de las galaxias en el universo”, cuenta a la Agencia. Y agrega: “Hace poco nos aprobaron un paper donde validamos la técnica y, una vez que comencemos a tener datos reales del telescopio, podremos estimar cuántas galaxias pueblan los halos de la materia oscura y de qué manera lo hacen”.
Además, participan investigadores e investigadoras de las Universidades Nacionales de San Juan, La Plata, San Martín, Hurlingham y Buenos Aires. El director del IATE, Padilla, plantea: “Con las universidades gratuitas y de calidad, aportamos el conocimiento y nuestro tiempo por determinado período. Así, tenemos derecho a acceder a los datos que recaba el telescopio y poder realizar investigaciones”.

