En 1919, casi nueve millones de litros de melaza arrasaron un barrio de Boston y causaron 21 muertes. El desastre es aún un caso de estudio para la física de fluidos.

El 15 de enero de 1919 no sería un día cualquiera en Boston. Aunque las temperaturas eran bajas como siempre, un hecho daría lugar a una tragedia que iba a terminar con la vida de más de veinte personas. En una zona conocida como “North End”, se rompió un tanque que contenía melaza. Se trata de un jarabe espeso que queda como subproducto de la fabricación de azúcar. Desde la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ exploramos cómo fue que este hecho, conocido como la gran inundación de melaza, escaló a tragedia.
En enero de 1919, la destilería “Purity Distilling Company” almacenaba la melaza en grandes tanques. Este líquido espeso se obtiene luego de varios procesos de calentamiento y sirve para la producción de ron, entre otras cosas. Uno de los tanques, de 27 metros de diámetro y 18 metros de alto, una altura comparable a un edificio de cinco pisos, contenía casi nueve millones de litros de melaza. Esta es la estructura que colapsó debido a la rotura de sus remaches. Aunque el invierno en Boston es duro, enero de 1919 presentó temperaturas inusualmente altas y los tanques no estaban preparados para estos cambios.
La rotura llevó a que la melaza formara una ola de más de siete metros que avanzó por las calles de Boston y derribó todo lo que encontró en su camino. El alud se llevó, por ejemplo, las vigas que sostenían elevada la estación de trenes y varios edificios, que terminaron con casi un metro de melaza en su interior. La melaza se desplazó a una velocidad de casi 60 kilómetros por hora y con una presión de 200 kilopascales, casi el doble de la presión atmosférica promedio. El Boston Globe y el New York Times reportaron 150 heridos y 21 fallecidos.

El interrogante que surge gracias a historiadores y científicos es por qué un fluido tan conocido por ser viscoso y lento causó tal devastación. La enorme velocidad que alcanzó tras la ruptura del tanque se debió a la gran cantidad de energía almacenada en su interior. El depósito contenía la melaza a una altura equivalente a la de un edificio de cinco pisos. Cuando las paredes cedieron, la presión ejercida por el propio peso del líquido liberó de golpe esa energía, impulsando una masa de miles de toneladas que se expandió por las calles como una ola. En los primeros segundos, la fuerza combinada de la gravedad y la presión interna fue suficiente para que la melaza avanzara a velocidades sorprendentes, pese a su consistencia pegajosa.
El ataque inicial dejó a la gente cubierta y asfixiada. Los rescatistas, hundidos hasta la cintura, luchaban por salvarlos, y es aquí donde las temperaturas invernales jugaron un papel fatal: a medida que la melaza se enfriaba, se volvía aún más viscosa. De manera similar a lo que ocurre en arenas movedizas, cuanto más se movían las personas, más profundamente quedaban atrapadas. Cuando las tareas de rescate culminaron, comenzaron las de limpieza, que se extendieron por semanas. Las enormes cantidades de melaza se trataron con agua salada y se arrastraron hacia el puerto de Boston.
El episodio tuvo consecuencias legales: luego de los peritajes, se concluyó que el tanque presentaba fallas de diseño y construcción y nunca se había sometido a pruebas antes de entrar en funcionamiento. A partir de la inundación, se impulsaron regulaciones más estrictas sobre la construcción de grandes estructuras industriales. El desastre de Boston se convirtió en un caso de estudio para especialistas en ingeniería estructural y mecánica de fluidos, ya que una sustancia en apariencia inocua puede ser una amenaza mortal cuando se la trata de manera incorrecta.

