
Si hay cantantes, influencers y novios creados con inteligencia artificial, ahora también hay docentes. Instituciones educativas prestigiosas, como Harvard, en Estados Unidos, y la Imperial Business School, en Londres, incorporan avatares digitales de sus profesores para formar estudiantes. En esta nota, la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ explica cómo funcionan estas propuestas, a quiénes están dirigidas y qué discusiones abren en el campo de la educación.
Uno de los casos más llamativos es el de Harvard Business School, una de las escuelas de posgrado de la Universidad de Harvard, que lanzó en abril HBS Foundry. Se trata de un programa en línea de ocho semanas dirigido a emprendedores, estudiantes de posgrado y doctorado. Por un valor de 699 dólares, la propuesta ofrece avatares en video de siete profesores de la institución para que los estudiantes practiquen situaciones empresariales, como presentaciones ante inversionistas, llamadas de ventas y reuniones de directorios.
El avatar responde con criterios, materiales y respuestas basadas en los profesores humanos, quienes a su vez pueden revisar y modificar la actividad de la IA. En el sitio web oficial del programa se detalla: “Nuestros clones de asesores de IA están inspirados en el estilo de enseñanza o las áreas de especialización de profesores reales, pero no pretenden ser réplicas exactas”. Así, mientras algunos profesores han declarado que ya no revisan lo que hacen sus avatares y confían en el algoritmo, otros prefieren actualizar su avatar a medida que cambia su forma de pensar.
Según un informe de The New York Times, estos docentes virtuales, creados con tecnología de la plataforma HeyGen, ya forman parte de programas piloto en más de 100 universidades de Estados Unidos. A la vez, si bien algunas autoridades del programa afirman que los alumnos se muestran más seguros a la hora de enfrentar una venta empresarial, Harvard aún no cuenta con estudios ni estadísticas concluyentes que demuestren la efectividad de esta metodología de aprendizaje.
Del otro lado del Atlántico, en Londres, la Imperial Business School precedió a Harvard. En 2024 lanzó la primera prueba piloto de un avatar conocido como Davatar, que aún hoy está disponible las 24 horas del día para responder preguntas de sus estudiantes. En 2025, presentaron a MarkBot, OmarBot y BartBot para apoyar módulos de enseñanza como gestión de marketing, emprendimiento e innovación, y comportamiento organizacional.
En una nota reciente de la Imperial Business School se lee: “Estos avatares no pretendían reemplazar a los docentes humanos, sino complementar y enriquecer la presencia del profesorado en entornos de aprendizaje en línea y semipresenciales. Los comentarios iniciales sugieren que tienen el potencial de transformar la forma en que apoyamos a los estudiantes en diferentes zonas horarias, horarios y con diversas necesidades de aprendizaje”.
La IA avanza, las preguntas también
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ, Natalia Corvalán, especialista en Educación y Nuevas Tecnologías de la Universidad Nacional de Hurlingham, plantea: “Aún no hay evidencia concluyente sobre estos avatares, así que podemos hablar de hipótesis y sospechas. Infiero que lo primero que cambia en el proceso de enseñanza y aprendizaje con estas tecnologías es la naturaleza del vínculo y la percepción de la presencia”.
Y continúa: “Cuando interactuamos, por ejemplo, con una réplica visual o sonora de un docente, se puede producir una ilusión de disponibilidad 24/7, pero no conviene confundir esta accesibilidad técnica con un acompañamiento pedagógico real”. Según detalla, el proceso de enseñanza-aprendizaje es un acontecimiento intersubjetivo atravesado por la contingencia, la empatía y la lectura del contexto socioemocional de cada estudiante. En cambio, el avatar “ofrece un entrenamiento, que tiene que ver más con lo iterativo, donde el alumno puede ensayar algunas decisiones y presentaciones, pero hay que tener presente que esto va a suceder dentro de un marco de respuestas prefiguradas según cómo fue entrenado el avatar”, subraya.
Esto podría tener como consecuencia la estandarización del criterio. En términos de la especialista, se simula un entorno de aprendizaje que sigue ciertos patrones algorítmicos con los que fue alimentado el propio sistema, por lo que “no estoy segura que esto vaya a promover un pensamiento divergente ni la construcción a un pensamiento crítico”.
Desde el punto de vista de los docentes, Corvalán invita a la reflexión: “El profesor parece correrse a un lugar de auditor. Ya no interactúa tanto con los estudiantes ni con sus procesos, sino que más bien tiene la posibilidad de supervisar si lo que la IA hace está bien o mal, si dice cosas que él no diría, si sufre alucinaciones. Ahora bien, el docente ‘puede modificar respuestas’, como dice el programa de Harvard, pero ¿y si no lo hace? ¿Quién supervisa?”.
Lejos de cerrarlo, el debate sobre la inclusión de la tecnología en la educación recién comienza.

