Docentes de la UNQ investigan qué pasa cuando los sistemas de código abierto se convierten en negocio

Estos proyectos informáticos se basan en la colaboración entre desarrolladores. Sin embargo, el énfasis en el trabajo colectivo se pierde cuando entra el mercado en juego.

(De izq. a der.) Martín Matus Lerner y Ezequiel Abregú son docentes de la Escuela Universitaria de Artes.
(De izq. a der.) Martín Matus Lerner y Ezequiel Abregú son docentes de la Escuela Universitaria de Artes.
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En los sistemas de código abierto, las personas trabajan juntas para crear herramientas que cualquiera puede usar, modificar y compartir. Sin embargo, en la práctica, no todo es tan ideal como parece. Cuando estos proyectos crecen y comienzan a comercializarse, aparecen conflictos y tensiones, como la centralización en la toma de decisiones y la falta de transparencia económica. En un artículo publicado en la prestigiosa revista Digital Creativity, los docentes de la Escuela Universitaria de Artes de la Universidad Nacional de Quilmes, Ezequiel Abregú y Martín Matus Lerner, analizan estas problemáticas a partir de dos sistemas ampliamente utilizados en todo el mundo y, puntualmente, en la academia: Arduino y VCV Rack.

En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, Ezequiel Abregú explica que, en el desarrollo de los sistemas de código abierto, sean de software o de hardware, participan múltiples actores, como desarrolladores, contribuyentes, empresas o fundaciones. “Esto va acompañado de ciertos valores, como el intercambio, la cooperación, la transparencia o el aprendizaje. El problema es que, detrás de estos discursos de colaboración y libertad, aparecen tensiones muy marcadas”, detalla.

En ese sentido, el docente, que es licenciado en Composición con Medios Electroacústicos de la UNQ, plantea que Arduino y VCV Rack son dos sistemas de código abierto paradigmáticos. El primero es una compañía desarrolladora de software y hardware libres que nació en 2003 y en el que participa una comunidad internacional muy fortalecida. En tanto que VCV Rack surgió en 2017 y se dedica específicamente al software libre. Ambos sistemas son utilizados en distintas partes del mundo y, en específico, en las instituciones académicas, como es el caso de la UNQ.

“Los dos casos nos permiten ver cómo las motivaciones iniciales de colaboración cambiaron cuando comenzó a ingresar dinero. Entre los principales problemas que surgen, se encuentra que el trabajo comunitario no es remunerado, que las decisiones son concentradas, que hay poca transparencia económica y que se apropian de aportes de la comunidad. No decimos que el sistema de código abierto y la comercialización sean incompatibles, sino que la dificultad principal está en el tipo de gobernanza ya que centraliza el control de la marca”, desmenuza Abregú, que junto con Matus Lerner analizan este fenómeno en la revista Digital Creativity.

Por ejemplo, el sistema Arduino tiene sus orígenes en un proyecto conocido como Wiring, una herramienta de código abierto desarrollada por el colombiano Hernando Barragán para estudiantes en el Interaction Design Institute Ivrea en Italia. “El equipo de Arduino tomó elementos de este desarrollo, pero nunca se referenció ni se retribuyó económicamente a Barragán”, explica Abregú. Y añade: “En VCV Rack trabajó mucho tiempo Aria Salvatrice, una desarrolladora trans que creó módulos independientes, mientras sufría discriminación por género. En los sistemas universitarios, suele suceder que se toman proyectos que están en desarrollo y son apropiados por otros creadores”.

En ese marco, en el artículo, los investigadores proponen que tienen que haber cambios tanto en la gobernanza de estos sistemas como en el trato hacia el interior de las comunidades que participan. “Las decisiones deberían tomarse en consejos comunitarios y votaciones abiertas. Tendría que haber licencias que protejan a los creadores y reconozcan sus contribuciones, así como también espacios de mentoría y que se integre todo con respeto. Inclusive, tiene que haber una mayor conciencia de estas prácticas para que verdaderamente sean espacios de intercambio y colaboración”, afirma Abregú.


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