
Luego de declararse admirador de Margaret Thatcher y condenar a los jugadores de la Selección argentina por mostrar la bandera sobre las Malvinas tras ganarle a Inglaterra, Javier Milei dio un giro radical en su postura sobre las Islas. En este sentido, el gobierno presentó ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar una demanda contra el Reino Unido para frenar el avance del proyecto petrolero “Sea Lion”, que prevé la extracción de gas y petróleo en el norte de las Islas. Además, se estableció que las empresas que busquen acceder al Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones deben demostrar que no participan ni prestan servicios a operaciones no autorizadas en las Islas. Incluso, en el Poder Legislativo, el oficialismo impulsa un proyecto de “Ley de Defensa de la Soberanía Nacional”, también conocida como Ley Malvinas.
Pese a la batería de iniciativas que impulsó el gobierno nacional para subirse a la ola malvinera, la soberanía política duró poco. En este aspecto, Argentina se abstuvo de votar en Naciones Unidas una resolución contra las “formas contemporáneas de colonialismo” y se alineó a la postura de Estados Unidos. Para conocer en profundidad el impacto de esta medida y el reclamo sobre las Islas, la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes conversó con Ezequiel Magnani, politólogo y especialista en la Cuestión Malvinas.
-¿Qué impacto tiene para Argentina la abstención en Naciones Unidas sobre una resolución que condena el colonialismo?
-Para la ONU, Malvinas debe resolverse porque es una situación vinculada a la descolonización. Entonces, siempre es problemático que Argentina se pronuncie en contra de una votación vinculada al colonialismo. Al mismo tiempo, se trata de una resolución que está en contra de cualquier forma de colonialismo, lo cual es un agravante.
-¿Por qué?
-Malvinas es una situación especial de descolonización porque incluye a dos Estados soberanos. No es un pueblo oprimido por una colonia, sino que hay un Estado colonial que le roba una porción de territorio a otro Estado soberano e implanta su población. Por lo tanto, es un poco extraño que Argentina se abstenga en una resolución contra cualquier tipo de colonización en el mundo.
-A su vez, esta abstención coincide con una batería de anuncios que se produjeron en las últimas semanas con el giro malvinero de Milei, que incluyó un pronunciamiento frente a la Asamblea General de la ONU en Nueva York. ¿Cuál es su opinión al respecto?
-Después de mil días de gobierno hay un cambio positivo, ya que se pasa de una posición de aquiescencia y cooperación frente al Reino Unido, hacia una postura de mayor confrontación, impugnación y cuestionamiento de la presencia británica en el territorio argentino usurpado. Esto se acerca mucho más al interés nacional que a cualquier postura de ideología de cualquier gobierno de turno.
-¿Hubiera deseado que esta postura aparezca antes?
-El cambio llega tarde, porque el gobierno cooperó abiertamente durante mil días con el Reino Unido. En este lapso, el Reino Unido y las empresas avanzaron mucho, con lo cual es más difícil revertir la situación.
-A la ONU se la critica de ineficiente tanto por derecha como por izquierda. ¿Puede prosperar el reclamo argentino a través de Naciones Unidas?
–Cualquier debilitamiento de la ONU atenúa la posición argentina en el reclamo por las Islas Malvinas, porque la Cuestión Malvinas está fundamentada a partir de la definición de Naciones Unidas sobre descolonización. Sin embargo, Argentina tiene que probar cosas que no hizo antes y construir capacidades para gravitar geopolíticamente en el Atlántico Sur.
-¿De qué manera puede hacerlo?
–Nuestro país debe tener capacidad de disputa y presencia en la zona con medios vinculados a la Defensa Nacional para ejercer presión. Esto no implica un militarismo ni una recuperación militar, pero sí mostrar que está dispuesta a cumplir con el derecho internacional y descolonizar un territorio que está usurpado hace casi 200 años por una potencia colonial ubicada a 12 mil kilómetros de las Islas Malvinas ocupadas.
¿Amigos o enemigos?
-En torno al avance de las empresas sobre la región y el anuncio de sanciones por parte del gobierno nacional, diferentes especialistas cuestionaron la presencia en Malvinas de una petrolera israelí. ¿Qué análisis hace al respecto?
-La empresa Navitas Petroleum tiene el 65 por ciento de la participación en Sea Lion, un proyecto de extracción de gas y petróleo a 220 kilómetros de las Islas Malvinas, y está conformada por exfuncionarios del gobierno de Netanyahu. No quiero ser demasiado duro, pero es una vergüenza que no haya presiones públicas por parte del gobierno argentino para que Israel interceda y evite una actitud contraria al derecho internacional.
-Si ambos gobiernos son tan cercanos y tienen tanta afinidad, Israel podría acercarse a la posición argentina…
–Argentina hizo un cambio de postura histórico con medio Oriente en apoyo a Israel, pero no recibió nada a cambio, solo la satisfacción identitaria de Milei. Lo mínimo que puede pedir es modificar la posición del gobierno de Israel. Es raro que no pongamos el grito en el cielo y ejerzamos presión pública. Argentina le dio muchísimo a Israel en estos últimos 3 años. Junto con Estados Unidos fueron casi los únicos dos países que lo apoyaron en todas las iniciativas bélicas.
-Justamente, algunos analistas advertían que la nueva posición de Milei coincidía con un distanciamiento entre Estados Unidos y el Reino Unido, donde Donald Trump podría apoyar a Argentina. ¿Qué evaluación hace sobre el rol de EE.UU. en este tablero?
-En la Guerra de Malvinas, la dictadura también especulaba con el posicionamiento de Estados Unidos en favor de Argentina. Sin embargo, EE.UU. apoyó claramente al Reino Unido. En este caso, el gobierno de Trump partió de una postura diplomáticamente neutral.
-¿Y qué significa eso?
-Que es favorable a la resolución del conflicto a partir de las negociaciones diplomáticas en el marco del proceso de descolonización de la ONU. Por ende, es favorable a la postura argentina e internacional que empuja la negociación diplomática. Ahora bien, es difícil, por no decir imposible, pensar que Estados Unidos deje de apoyar de facto a su principal aliado militar. La alianza entre EE.UU. y el Reino Unido es histórica, probablemente sea la más importante de la historia de la humanidad entre dos comunidades políticas.
-¿Entonces?
–Argentina no tiene que apostar a un cambio de postura estadounidense por el simple hecho de que Milei es más o menos amigo de un presidente de turno, porque son cosas que cambian rápido en política internacional. Lo que tiene que hacer es generar las condiciones para que el propio peso de Argentina en el Atlántico Sur lleve a Estados Unidos a tener una postura más constructiva en búsqueda de una solución.
-En términos geográficos y políticos, Chile es el otro actor clave. Al igual que con Trump y Netanyahu, parecía que Kast era amigo de Milei. No obstante, la postura chilena parece ser otra.
–Aunque Chile apoya explícitamente la soberanía argentina, también es complaciente con la posición colonial británica en las Islas. Incluso, por fuera de las 1700 personas nacidas en Malvinas, la mayoría de la población es chilena y filipina. Por lo tanto, se trata de un vínculo estrecho donde el gobierno de Punta Arenas (la región más austral de Chile) socava nuestra posición, ya que entabla vínculos cooperativos y facilita la logística de las Islas en desmedro de los intereses argentinos. Ambos países deben entender que, en el largo plazo, su disputa es frente al Reino Unido.
-¿Por qué?
-Porque Reino Unido juega a dividir a Chile y Argentina, que apuntan como una daga hacia la Antártida. A la larga, el desafío de la política bilateral es reconocer que sus intereses son convergentes. Por eso, está bueno no caer en las maniobras británicas que tienden a dividir a dos países que deberían cooperar por lógica.
Más allá de una bandera
-Además de lo que implica Malvinas en términos simbólicos y hasta sentimentales para el país, ¿por qué es importante que sean argentinas?
-Malvinas no es solo una cuestión de justicia ni de una usurpación por parte del Reino Unido. En realidad, Malvinas funciona como un punto logístico que le permite a los británicos tener proyección militar a la Antártida y operar desde las Islas. Por otro lado, permiten controlar dos pasos bioceánicos muy importantes, el Atlántico-Pacífico por el Cabo de Hornos, y el Atlántico-Índico por el Cabo Buena Esperanza. Entonces, tener el poder sobre Malvinas permite controlar esos pasajes que son muy importantes cuando hay bloqueos en otros canales como Suez o Panamá. Al mismo tiempo, Argentina debe entender que la corona británica se dedicó históricamente a causar inestabilidad en las periferias que están alejadas de Londres.
-¿En qué sentido?
-La postura británica siempre consistió en provocar inestabilidad en el resto del mundo. Por lo tanto, este patrón podría estar presente a futuro en el Atlántico Sur y en la Antártida. Entonces, recuperar la soberanía efectiva de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur es una cuestión de seguridad internacional para sacar a un actor extranjero reconocido mundialmente por causar estragos en el resto de las poblaciones que dominó.
-No solo está en juego un sentimiento…
-En absoluto. No solo es una cuestión de justicia, sino que es una cuestión de seguridad y de control estratégico. Incluso, también están en juego los recursos naturales, que son otra dimensión importante para entender la importancia que tienen las Islas Malvinas.
-Un argumento que limita la postura argentina está ligado a la autodeterminación de la población que habita las Islas. ¿Por qué no tiene validez en este caso?
-Esa población no tiene el derecho de autodeterminación porque fue implantada de forma violenta tras la primera invasión en 1833 y no está sujeta al derecho internacional. Las Islas Malvinas son argentinas no solo por el legado virreinal de la corona española que controlaba efectivamente las islas, y que reconocía el Reino Unido en múltiples tratados, sino también porque Argentina tomó posesión efectiva de las Islas en 1820 y hubo un poblado que se desarrolló en paz hasta que llegó el Reino Unido en 1833 para expulsarlos y entablar un dominio colonial blanqueado legalmente en 1843. Aunque hayan pasado más de 170 años, el tiempo no da derechos.

