
Para principios de la década del 70’, Manuel Puig se presentaba como unos de los escritores más iconoclastas de su generación. Mientras en América Latina y particularmente en Argentina la voracidad de la coyuntura política, devoraba gran parte de la producción intelectual y artística de lo que se generaba, Puig descubrió, husmeando en la cultura de masas y fundamentalmente en el cine, una fuente inagotable para renovar la ficción y sus estilos narrativos. Por esos años Manuel Puig era un autor resistido por el llamado Boom latinoamericano. Mario Varga Llosa lo describía como un redactor de revistas del corazón, un Corín Tellado. Para Juan Carlos Onetti no tenía estilo, porque lo único que escribía eran diálogos. En cambio, los jóvenes modernos de esa década, lo veían como un escritor que renovaba las formas de estructurar una novela.

Sería Felisa Pinto, amiga personal de Manuel, una exquisita pluma de la época, quien le propuso filmarlo para un proyecto piloto para la televisión argentina. A pesar la resistencia del joven novelista, Pinto logró convencerlo y comenzaron a producir junto al escenógrafo Armando Sánchez y el director de cine Néstor Paternostro un cortometraje llamado Identikit, que se convertiría en la única filmación de Manuel Puig en la argentina, quedando sepultada durante décadas.

A short film in Buenos Aires
Felisa Pinto conoció a Manuel Puig en 1969 en Buenos Aires, en una tertulia que ofrecía la periodista y escritora Pirí Lugones y su esposo Carlos Peralta, en la casa del editor Jorge Álvarez. Felisa y Manuel simpatizaron inmediatamente, en parte porque tenían los mismos gustos: la literatura, el arte pop, pero por sobre todo las películas de Hollywood hasta los años 60 y, por supuesto, la moda. En esos días Pinto escribía en varias revistas, aunque destellaba en la sección de costumbres y moda del semanario Primera Plana. En sus encuentros, muchas veces se colaban jóvenes que provenían del Instituto Di Tella, ansiosos por escuchar al creador de Boquitas Pintadas.
En 1973 Felisa Pinto y el escenógrafo publicitario Armando Sánchez pergeñaron un programa para tv de características culturales, un producto vanguardista para la época. Les gustaba el nombre “Identikit” porque hablaba como de una radiografía del personaje que querían contar. Y para la confección del piloto o programa cero eligieron a Puig.
Manuel acababa de publicar “The Buenos Aires Affaire”, que había sido prohibido por la dictadura del general Alejandro Lanusse, pero con la vuelta de la democracia con Héctor Cámpora se le permitió regresar a las librerías.
Según cuenta Felisa Pinto, al escritor le daba pudor ser filmado, porque era profundamente tímido. Sin embargo, luego de la primera reunión de producción en la que le presentan a Néstor Paternostro, quien estaría a cargo de la dirección, cedió y aceptó con la condición de poder leer frente a cámara.
Para 1973 Néstor Paternostro tenía dos films con características seudo experimentales (Mosaico, 1968 y Paula contra la mitad más uno, 1971), no obstante se ganaba la vida haciendo publicidad. Paternostro recuerda que quien puso el dinero para el piloto “Identikit” fue Guillermo Smith, uno de los productores de publicidad más importantes de los 60 y 70. Armando Sánchez era escenógrafo de muchas de sus producciones publicitarias y le presento a Felisa Pinto quien convenció a Smith de hacer aquel programa.
La producción estuvo a cargo de Pinto y Sánchez con un guion organizado también por Pinto. La grabación fue en una sala alquilada, que resultaba lo más acústica posible para un equipo de filmación reducido, que contaba con una cámara bolex de 16 mm y un grabador geloso. Se pautaron las preguntas y el escritor se llevó un cuaderno con anotaciones y apuntes que le generaban mayor seguridad a la hora de contestarlas.

Allí estaba Manuel Puig en su primera y única grabación que haría en Argentina con sus anotaciones y su timidez que generaban mayor espontaneidad al rodaje. Frente a la pregunta de por qué el título de La Traición de Rita Hayworth: respondía “Yo voy a pedir disculpas y voy a leer la respuesta, porque creo que justamente una de las causas porque escribo, es porque no tengo ninguna facilidad de palabra. Sabiendo que me iba a resultar imposible reducir en unas pocas palabras el significado de la novela le pedí permiso al director y me traje escrita la respuesta”.
Los temas que hablaba Puig eran sobre sus dos primeros libros publicados, La traición de Rita Hayworth y Boquitas Pintadas, y hacia el final también se explayaba sobre el tercero, The Buenos Aires Affaire.
Luego de Puig entrevistaron Leopoldo Torre Nilsson, que por esos días estaba en la preproducción de la versión cinematográfica de Boquitas Pintadas. “Yo creo que Puig es un hombre de cine. Es decir, un tipo de literatura influida por el cinematógrafo”, afirmaba el Babsy, expectante por empezar a rodar.
La última parte del piloto se filmó en General Villegas, la ciudad natal del escritor, y epicentro de sus dos primeras novelas. Entonces para esa jornada fueron tres personas al pueblo: Paternostro, el camarógrafo Carlos Balan y el asistente Ricardo Smith (hermano del publicista). Felisa Pinto desistió de ir porque era invierno y hacía mucho frío; Manuel tenía casi un enfrentamiento con el pueblo por las repercusiones que había tenido la publicación Boquitas Pintadas en el lugar, así que tampoco fue. “En Villegas pasamos desapercibidos, porque parecíamos un equipo de un noticiero. Filmamos la calle principal, la iglesia, algunos barrios y la estación de tren. Yo había leído sus novelas y era tal cual como Puig había retratado todo”, rememora nostálgico Paternostro.
Todo listo… ¿Todo listo?
Con todo el material filmado y revelado, Felisa Pinto comenzó el montaje en la productora publicitaria de Guillermo Smith. Confeccionó algunos dibujos para la apertura, seleccionó fotos de moldes de vestidos glamorosos de la época, de Rita Hayworth, de Gabriel García Márquez con Puig, y de Borges. Después, según se organizaba la entrevista, añadió algunas imágenes de películas de la actriz argentina Mecha Ortiz (la única local que Puig aceptaba) y de Greta Garbo. También añadió fragmentos de Carlos Gardel cantando Rubias de New York, aunque todo estuvo organizado por dos escenas memorables del film Sangre y arena (1941) basado en el libro homónimo de Vicente Blasco Ibáñez, dirigida por Rouben Maumolian y protagonizada por Rita Hayworth y Tyrone Power. Pinto recuerda que le costó muchísimo dar con los productores y distribuidores del film Sangre y Arena para que luego aceptaran ceder parte del material y obtener los derechos para utilizarlos en ese primer programa.


El toque final lo dio la incorporación de Oscar Casco para la voz en off del piloto. Casco había sido uno de los íconos en la locución de radioteatro en radio Splendid durante los años 50’. Esta decisión estética narrativa, fue celebrada por Puig, porque terminaba de construir ese identikit-identidad de se habían propuesto desde el principio, pero además porque acentuaba la utilización de géneros populares que abundaban en sus novelas.
Cuando finalizó el montaje del piloto en la primavera de 1973, Felisa Pinto comenzó a deambular por productoras y canales para poder desarrollar la idea, obtener financiamiento y, sobre todo tener pantalla para aquel programa. Lata de 16 mm en su cartera, recorrió todas las señales de tv que había en Buenos Aires en ese momento, pero nadie le dio mucha importancia. Las circunstancias de esos años vertiginosos no daban muchas chances a un programa de tipo cultural que no hablara de la vertiginosa coyuntura política. Al año siguiente el aire en las calles recrudeció, y uno de los blancos de las amenazas de Triple A fue Manuel Puig, quien decidió marcharse, exiliándose en México para nunca más volver a la Argentina.
El cortometraje Identikit de apenas 5 minutos de duración, que contenía la única filmación al escritor en nuestro país, fue guardado por muchos años. Recién pudo ser proyectado de a fragmentos, días después de la muerte de Puig (el 22 de julio de 1990), en canal 7 por iniciativa del crítico Carlos Morelli, que logro hacer un transfer del 16 mm a video betacam.
En el 2014, durante la investigación que hacíamos con la archivista Silvia Quiroga para el documental Regreso a Coronel Vallejos, sobre la vida de Manuel Puig, pude dar con Felisa Pinto que generosamente nos cedió los derechos para utilizar Identikit. El corte original en 16 mm de Identikit por el momento parece estar perdido, porque Felisa no recordaba donde quedó luego de su proyección en canal 7, aunque conservaba el transfer en calidad vhs. Hasta hoy ese piloto sigue siendo una pieza de un valor inestimable.
Maldición eterna a ese corto
“Siempre hay fuertes riesgos al intentar filmar documentales para televisión. Y de lograr que se difundan”, afirma el crítico y realizador francés Jean-Luis Comolli. Quizás Felisa Pinto y Armando Sánchez pensaron algo parecido cuando ideaban el Identikit, no lo sabemos, pero podemos imaginarlo, o al menos jugar a que fue así.
Identikit fue una pieza de moderna para su tiempo. La clave quizás residió mayoritariamente en seleccionar a Manuel Puig para su programa piloto, pero también en la estructura del material pensado para la tv de los años 70. Las subjetividades que cada uno de sus realizadores/integrantes -una periodista con gran anclaje en la moda; un escenógrafo de publicidad, un director de cine con rasgos experimentales y publicitarios, y por último un locutor de radioteatros-, representaban una propuesta narrativa y estética muy ajena a lo producido por aquellos años
En el material se pueden ver elementos de la ficción a la hora de poner los intertítulos, prematuras construcciones de found footage en la articulación del montaje, con elementos del documental clásico como la entrevista y la voz en off. También la selección de la entrevista a Puig, en ese comienzo donde el escritor explica la aversión que tenía por las cámaras, es quizá más típico de elementos del documental contemporáneo.

Sobre el final, donde Puig se explaya sobre la presencia de Rita Hayworth en su obra, encontramos un elemento premonitor. “Creo que para mí, una danza de Rita Hayworth, significa, expresa la alegría de tener un cuerpo”, dice Puig mientras aparecen fragmentos del film Sangre y arena.
Y concluye: “Expresa el triunfo de la vida sobre la muerte. El triunfo de la sexualidad vivida sin culpa. Vivida con toda la alegría que el mundo ha ido olvidando a través de siglos de represión”. Puig se estaba adelantando al mensaje que profundizaría años más tarde con su novela El beso de la mujer araña, es decir, pondría en el centro de la escena una relación entre un militante guerrillero y un homosexual en prisión en plena década del 70’, con el peso que implicaba la homosexualidad para las organizaciones político militares latinoamericanas y para la Cuba socialista. Tal vez, ser un escritor revolucionario en esos años, no era hablar estrictamente de la revolución, sino meter el dedo en la llaga en situaciones tabú, incluso en el seno de los sectores más progresistas de nuestra sociedad.
Llegado a este punto cabe plantear un dilema (y los dilemas a diferencia de los problemas no tienen respuesta): ¿En qué espectadores estaban pensando sus realizadores? ¿Los hubo? Si lo que constituye a un espectador no es sólo lo que consume, sino también en el contexto en que lo hace: ¿Lo hacían para un sector marginal de espectadores que no formaban parte de los grandes relatos de ese tiempo? Quizás nunca pensaron un espectador en esos días, mucho menos en el rating, porque el rating no tiene nada que ver con la creatividad. Pero es posible que imaginaran a un espectador, y tal vez lo hicieron alejados de su tiempo histórico, dejando huella al futuro.
El azar hizo que el material filmado y montado en 16 mm se perdiera y quedara sólo una copia en video. Podemos jugar también con la idea que ese piloto para tv terminó convertido al formato predilecto que Puig coleccionaba compulsivamente y consideraba un tesoro, que era el video VHS. Pues es sabido que el escritor no tenía biblioteca, sino una abundante videoteca en su mayoría VHS con una variedad de films clásicos de Hollywood y cine clase b. Probablemente esto último sea una especulación trasnochada y arbitraria, es posible, pero es irónica la coincidencia.
Por último, si coincidimos con ciertos autores y analistas de su obra (Graciela Speranza y Roxana Páez) que sugieren que Puig se convirtió en un escritor maldito, podemos pensar que “identikit” corrió la misma suerte. Posiblemente pensado para otro tiempo, aunque organizado para que hoy podamos verlo, con sus registros originales perdidos, y retirado a un formato VHS, Identikit es la metáfora de lo inorgánico que fue Puig como intelectual, como escriba, para la literatura latinoamericana. El corto, como el escritor, fueron desdeñados en su tiempo, pero lamentablemente este presente no es menos mezquino que el pasado, y lo que pase de ahora en más con ese cortometraje será un misterio que nos depare el futuro.
* Profesor de la UNQ y documentalista.

