En las grandes cadenas conviven remedios con maquillaje, golosinas y snacks. “Lo único que les importa es facturar”, denuncian desde un colegio farmacéutico.
Créditos: El Economista.
Mariana entró a una sucursal de una cadena farmacéutica cerca de su casa para comprar la medicación que le habían recetado. Mientras esperaba su turno empezó a mirar a su alrededor. Detrás del mostrador, se apilaban cajas de medicamentos de todos los colores: rojo, verde, amarillo, azul. Había canastos repletos de diclofenaco, omeprazol y paracetamol que exhibían carteles gigantes con ofertas de “2×1”. Una publicidad del Dibu Martínez promocionaba el ibuprofeno 400 y en la otra punta del local se ofrecían productos para el hogar, de maquillaje y de higiene personal. Finalmente, la llamaron. Pidió lo que le había indicado el médico y se dirigió a pagar. Mientras abonaba, vio que también había golosinas, alfajores y snacks. La vendedora le alcanzó la bolsa y le preguntó: “¿Querés aprovechar alguna promo?”
Entrar a un local de las grandes cadenas de farmacias pareciera ser similar a entrar a un shopping. El lugar está repleto de góndolas que la persona tiene que atravesar hasta llegar al farmacéutico, donde se exhiben productos de todo tipo: maquillaje, baños de crema, almohadillas térmicas, anotadores, útiles escolares, cepillos de dientes y antiinflamatorios. En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, Leonardo Fernández, presidente del Colegio de Farmacéuticos de Lomas de Zamora, cuenta: “Si bien parece una iniciativa lineal de determinadas cadenas, en realidad hay un trasfondo: el paciente es considerado un consumidor y se banaliza el medicamento. Es decir, su uso dejó de ser racional”.
Agrega: “Entonces, hoy un laboratorio ofrece a sus clientes dos test de embarazo, dos paracetamol con diclofenaco, dos ibuprofenos, todo al precio de uno. A diferencia de las farmacias de barrio que son atendidas por sus dueños farmacéuticos y tienen una conciencia profesional, las grandes cadenas son sociedades anónimas donde lo único que importa es facturar y no el uso racional de los medicamentos“.
A esto se le suma el hecho de que gran parte de la publicidad en televisión abierta corresponde a medicamentos y productos que se venden en la farmacia, como cremas ginecológicas, suplementos probióticos o infecciones en los pies. Y como si esto fuera poco, las redes sociales también tienen su rol: personas que no tienen formación técnica o médica recomiendan productos farmacéuticos, recetas para bajar de peso a cambio de canjes, dinero o estar en la tendencia del momento.
“Si una publicidad dice que el nuevo medicamento es la cura definitiva para la artrosis, al día siguiente todas las personas que tienen esa enfermedad van a pedir el producto en las farmacias, ¿y cómo no si supuestamente lo cura? Lo mismo sucede con las inyecciones para bajar de peso. Ahora las recomiendan hasta personal trainers y no advierten de los efectos secundarios que esto puede tener. Para que nos demos una idea, la segunda causa de trasplante hepático en Estados Unidos se debe al consumo de paracetamol y acá lo vendemos con un 2×1“, plantea Fernández.
El bombardeo de la publicidad, las ofertas, la falta de responsabilidad de las farmacias y el paciente vuelto consumidor alientan también a la práctica de la automedicación. El tomar fármacos ante un dolor de cabeza, de panza o muscular puede ocultar y/o empeorar una enfermedad, a la vez que puede generar una resistencia a los antibióticos. Es decir, cuando las personas consumen medicamentos sin prescripción médica o los finalizan antes de tiempo, puede que no se terminen de matar a las bacterias. En ese caso, aquellas sobrevivientes pueden mutar y convertirse en “superbacterias” y dar lugar a la resistencia microbiótica. Si bien este proceso es natural, la automedicación lo acelera y fortalece.
Fernández reflexiona: “Es un problema cultural que se debe abordar desde todos los frentes. Además, ahora está la idea de liberar y desregular todo, pero no podemos dejar esto en manos del mercado. El medicamento es un bien inelástico, es decir que una persona no decide si lo toma o no, sino que hay que consumirlo en el momento que el médico lo prescribe. Si lo dejamos en una elección libre del paciente para que elija si lo toma o no, puede haber graves consecuencias para la salud pública”.
Y continúa: “Hay muchos casos de personas que han fallecido por tomar mal los fármacos. Entonces, debemos volver a ser racionales y respetar la medicación. Un medicamento no puede ser un producto de consumo más, sino pasan cosas como lo que sucedió con el fentanilo“.