Habitar las vejeces: una propuesta que respeta la autonomía, la historia y el deseo de las mujeres

En este artículo, Silvia Polinelli, directora de la Tecnicatura Universitaria en Acompañamiento y cuidado de las personas mayores de la UNQ, comparte un enfoque de resistencia y libertad.

Créditos de la imagen: Danie Franco (Usplash).
Créditos de la imagen: Danie Franco (Usplash).

Hablar de mujeres mayores sin hablar de cuidados es imposible. Desde una perspectiva crítica y feminista entendemos que esto no es un atributo natural de las mujeres, sino una construcción social que ha organizado desigualdades. La economía feminista nos ha mostrado que el cuidado sostiene la vida y también el sistema productivo, aunque permanezca oculto. Pero cuando esas mismas mujeres envejecen, ocurre algo paradójico: quienes han cuidado toda su vida pasan a ser vistas solo como “cuidadas”. Se borran sus trayectorias, se reducen sus identidades a la fragilidad. Cuidar no es sustituir decisiones: es acompañar respetando autonomía, historia y deseo, es entender que la dignidad no se negocia con la edad.

En la Tecnicatura de Acompañamiento y cuidado de las personas mayores configuramos el saber desde la diversidad, la autonomía y el protagonismo de las mujeres mayores. Como sostiene la Dra. Ramos Toro coordinadora del Proyecto “Desconocidas: Los retos de las mujeres mayores: “Las mujeres mayores somos mujeres. Pero muchas veces, cuando nos miras solo ves abuelas, madres, señoras que cocinan o pasean. Pero nosotras tenemos deseos, proyectos, sexualidad, una idea del mundo, alegría, carácter y misterio. Las mujeres mayores somos mayores y por eso somos adultas con plena autonomía y capacidad de decidir sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos. Las mujeres mayores somos visibles porque estamos organizadas, dinamizamos nuestros barrios y pueblos, somos activas en el mundo cultural y social, gestionamos economías y proyectos. No hay una sola forma de ser mujer mayor. Somos tan diversas como mujeres de otras edades. No queremos que nos encasillen y no aceptamos ser invisibles”. 

Cuando una mujer envejece, pareciera que deja de ser mujer para convertirse en rol: de abuela, de madre, de jubilada, pero no como mujer protagonista de su propia historia. Desde esta perspectiva, sostenemos que las vejeces son diversas y que las mujeres mayores no pueden seguir siendo tratadas como un grupo homogéneo ni reducido a roles familiares.

Los imaginarios culturales se constituyen como formas históricas de una socialización de género rígida, desigual y frecuentemente violenta, que siguen teniendo impacto en sus formas de envejecer, que nos expulsa simbólicamente y esa exclusión se profundiza cuando se trata de mujeres. Sin embargo, el camino de la deconstrucción ha logrado construir trayectorias de resistencia y ruptura del deber ser y que es necesario reconocer y acompañar.

En la Tecnicatura sostenemos que el problema no es la vejez, sino la mirada social que la asocia con inutilidad, con carga, con retiro del espacio público. No existe una única forma de envejecer, como no existe una única forma de ser mujer. Las resistencias se configuran como múltiples, en contextos de profundas desigualdades, socializaciones rígidas, violencias naturalizadas.

Como señala Marcela Lagarde, las mujeres somos parte de una genealogía, no estamos solas: somos continuidad de otras. Sostenemos redes de cuidado, dinamizamos organizaciones sociales, participamos en voluntariados, gestionamos economías familiares y comunitarias, acompañamos procesos colectivos.  En la mayoría de las ocasiones damos más cuidados de los que recibimos y, aun así, continúanos siendo representadas en los medios como frágiles, solas o dependientes.

En nuestras instituciones educativas encontramos cada vez más mujeres mayores que estudian, investigan, enseñan, coordinan proyectos de extensión, de investigación, participan en programas para personas mayores, y habitan los pasillos de múltiples maneras. En la Universidad Nacional de Quilmes, el PUNQAM (Programa universitario de acompañamiento a las personas mayores), produce conocimiento situado, siendo en muchos casos primera generación universitaria. Esas mujeres no llegan “a ocupar el tiempo” en el sentido de improductividad de la vejez, sino que se proponen disputar sentido, aportar experiencia, transformar las aulas.

Si bien aún las vejeces continúan siendo poco consideradas en el diseño de políticas públicas con perspectiva de género y edad, su presencia interpela a una academia históricamente androcéntrica, adultocéntrica y patriarcal. En el recorrido por nuestras aulas amplían las preguntas, complejizan los análisis, traen saberes que no siempre están en los libros, pero sí en la vida cotidiana. Y eso es profundamente político. (Beauvoir, 2015). Porque cuando una mujer mayor ingresa a la universidad —como estudiante o como docente— está diciendo algo muy claro: no dejamos de existir por ser viejas. No dejamos de tener deseo de aprender. No dejamos de producir conocimiento. No dejamos de tener voz.

Por eso, hablar de mujeres y vejeces no es hablar de un grupo “vulnerable” en abstracto. Es hablar de sujetas políticas. Necesitamos mostrar sus realidades diversas, escucharlas, incorporar sus voces en la producción académica, en los abordajes comunitarios, en la construcción de políticas públicas.

Mónica Navarro (2018) habla de “ancestras”: mujeres que, al envejecer, no se retiran de la historia, sino que se posicionan como productoras de saber. En eso estamos, cada vez somos más, cada vez con más fuerza habitamos el presente.


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