
Esa es la trama, aunque la protagonista sea Agnes, la extraña esposa del autor de Romeo y Julieta. Los que la leyeron lo saben, los que no prepárense para estremecerse. Y mucho. Porque Hamnet corretea y juega como un niño sin saber que su muerte ronda sus pasos, porque su padre que vive lejos alcanza a llegar justo para el entierro, porque su ausencia se transforma en una presencia tan rotunda que desgarra los corazones, propios y ajenos.
Quién busque una biografía de Shakespeare no la va a encontrar. Va a hallar algo mucho mejor, una novela entrañable, escrita con un vuelo poético y un detallismo vibrante pocas veces visto, capaz de tocar las fibras más íntimas de una roca mustia y hacerla lagrimear. Pero no va por ahí toda la cosa. La tragedia personal evoca otra tragedia que aún se arrastra hasta nuestros días. Y es el drama del fantasma que se florea en la obra insignia del dramaturgo. Hamlet, el príncipe danés cuyo padre reaparece como espectro vivo para advertirle a su hijo que hay un traidor en la familia. Esto va de la mano con que O Farrel no nombra nunca a Shakespeare, lo invisibiliza como a una figura fantasmal. Y voy a evocar una escena clave, donde Hamnet recorre toda la ciudad en busca de algún familiar para avisarles que su hermana melliza ha cogido la peste. Ese niño es un fantasma, porque en su camino se cruza con muchos de los que buscaba sólo que, por circunstancias de la fatalidad (y de la excelente pericia creativa de la autora), no lo perciben. Como a un espíritu.
Juan Mattio en su excelente La sombra de un jinete desesperado, retoma la teoría del surgimiento literario del concepto espectral en base a la desaparición gradual de los reyes y condes, los nobles y de la entronización de la nueva clase dominante, la burguesía. De ahí la figura clásica del fantasma –el ausente que vuelve en otra forma– en el castillo lúgubre. Pero Shakespeare es anterior a ese tiempo, un verdadero fuera de serie que abordó los dramas humanos con un tratamiento universal que logra trascender los tiempos y las naciones porque habla un lenguaje tan viejo, pero tan actual e indescifrable, como el deseo del alma humana. Y así Hamlet no es sólo un príncipe, sino todos los príncipes, El Príncipe.
Pero cerremos con el drama inabordable de la muerte del hijo. Del hijo pequeño. Concepto para el que no hay palabras inventadas. Entró al cementerio con tres hijos y sale con dos, dice O Farrell. Y te desarma. Porque encara sin golpes bajos ni artilugios forzados el momento muerte con pormenorizado trabajo, pero profundamente poético: cerrarle los ojos, armar la mortaja, la ropa del chico en su habitación, el camino al entierro, los días sin sentido que siguen a su ausencia. No hay forma de salir indemne de esta novela. Cala honda, o se te dificulta su entendimiento.

