Energía, guerra y colapso: anatomía crítica del nuevo (des)orden global

En este artículo, el filósofo de la UNQ, Gustavo Demartín, describe el paisaje geopolítico y advierte que el nivel de conflicto actual puede conducir a una “crisis civilizatoria”.

Donald Trump enojado. Créditos: Infobae.
Donald Trump enojado. Créditos: Infobae.

La actual crisis energética no puede comprenderse sin atender al colapso operativo de uno de los nodos más sensibles del sistema global: el estrecho de Ormuz. Por allí transitaba, cerca del 20 por ciento del petróleo mundial y más de un tercio del gas natural licuado (GNL). La interrupción casi total del tráfico marítimo, ha retirado del mercado entre 17 y 20 millones de barriles diarios, configurando el mayor shock energético de la historia contemporánea.

La paralización de Ormuz restringe la oferta y desarticula la arquitectura logística que sostenía la globalización energética. Los grandes exportadores del Golfo como Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos y Qatar, se ven obligados a reducir producción por saturación de almacenamiento, mientras los principales importadores asiáticos (China, India, Japón, Corea del Sur) enfrentan una presión inflacionaria inmediata derivada del encarecimiento del combustible.

A esta disrupción estructural se suma la destrucción directa de infraestructura crítica. El insensato ataque al yacimiento gasífero de South Pars, hasta hoy el mayor del mundo, afectó una porción significativa de la producción iraní, mientras que las represalias posteriores dañaron instalaciones clave en Qatar, particularmente en Ras Laffan, uno de los principales hubs globales de GNL. El efecto combinado ha sido inmediato ya que los precios del gas en Europa se dispararon entre un 17 y un 80 por ciento en cuestión de días, en un continente que ya enfrentaba dificultades para reponer reservas tras el invierno debido a su aletargada guerra de Ucrania.

El mercado petrolero refleja la misma volatilidad. El barril de Brent, que se encontraba por debajo de los 75 dólares antes de la escalada, ha superado los 110–115 dólares, con picos cercanos a los 120 en los momentos de mayor tensión.  Al día de hoy, las proyecciones son aún más inquietantes, por ello diversos analistas advierten que, de sostenerse la interrupción, los precios podrían estabilizarse por encima de los 100 dólares o incluso escalar hacia rangos de 120–150 dólares, reeditando escenarios propios de las crisis petroleras del siglo XX.

Crisis civilizatoria

El encarecimiento de la energía actúa como un impuesto regresivo global que incrementa los costos de producción, presiona al alza los precios de los alimentos y reduce el poder adquisitivo. En particular Europa enfrenta un riesgo creciente de estanflación, que consiste en una combinación de inflación alta y estancamiento económico (similar a la situación doméstica) mientras sus industrias pierden competitividad frente a economías con mayor autonomía energética. En Asia, altamente dependiente de importaciones, se registran caídas bursátiles, ajustes en la producción industrial e incluso medidas de racionamiento energético.

El sistema financiero tampoco permanece inmune dado que la volatilidad de los mercados, la depreciación de monedas y la reconfiguración de expectativas inflacionarias obligan a los bancos centrales a reconsiderar sus políticas monetarias en un contexto de extrema incertidumbre. El mismo mundo cripto sufre fluctuaciones inquietantes.

En este punto, la crisis deja de ser sectorial y se proyecta como civilizatoria. Si el conflicto se intensifica y prolonga, el riesgo no es únicamente una recesión global, sino una regresión material de las condiciones de vida urbanas. Acaso lo que hasta hace poco parecía impensable: estamos frente al advenimiento de un retroceso hacia formas de organización social menos complejas y más vulnerables.

Es en este umbral donde la transición energética deja de ser un horizonte normativo para convertirse en una necesidad histórica. Sin embargo, la paradoja es evidente e incómoda: la misma guerra que revela la urgencia de abandonar la dependencia fósil es, al mismo tiempo, un obstáculo para cualquier transición ordenada, al desestabilizar los mercados, fragmentar la cooperación internacional y reforzar la lógica de competencia geopolítica.

La crisis energética actual señala el agotamiento de un modelo civilizatorio cuya estabilidad dependía, mucho más de lo que se admitía, de la continuidad invisible de sus flujos energéticos. Por lo tanto, no anuncia simplemente un cambio de ciclo económico.

Hacia un capitalismo más autoritario

Es un hecho que la acción coordinada del eje Israel-Estados Unidos ha desatado un proceso de desestabilización que excede lo militar y se proyecta sobre el conjunto del sistema energético global. Esta desestabilización no ocurre en el vacío. Se produce en un contexto de desplazamiento del eje tecnológico mundial.

Durante buena parte del siglo XX, Occidente sostuvo su hegemonía gracias a una ventaja tecnológica decisiva. Sin embargo, en las últimas décadas, Oriente, particularmente Asia, ha logrado desarrollar capacidades electrónicas, industriales y logísticas que erosionan y amenazan ese predominio. Este escenario encuentra resonancias en ciertos debates contemporáneos de la teoría social.

El aceleracionismo, en sus distintas variantes, ha planteado que el capitalismo contiene dinámicas internas que tienden a intensificarse hasta producir su propia transformación. Nick Land ha defendido una versión radical de esta tesis, en la que la aceleración tecnológica desborda cualquier intento de control político. Nick Srnicek y Alex Williams han propuesto una lectura más programática: la posibilidad de orientar esa aceleración hacia un horizonte postcapitalista basado en la automatización y la reducción del trabajo.

No obstante, el presente parece inclinarse hacia una tercera vía, menos optimista. Por lo pronto, la convergencia entre automatización, control energético y militarización no está generando condiciones de emancipación, sino de concentración de poder. Las infraestructuras tecnológicas que podrían sostener una economía post-escasez están siendo capturadas por lógicas geopolíticas y corporativas. Ello tiene como resultado el surgimiento al fin de un Post Capitalismo que, lejos de disolverse, se reconfigura en formas más autoritarias y centralizadas.

El ocaso de las libertades

En este proceso, el liberalismo clásico aparece como una reliquia. Esa matriz ha sido desplazada por un nuevo paradigma en el que el Estado y las corporaciones (en una fusión militar mercenaria) operan de manera cada vez más imbricada hacia una plutocracia pragmatista lejos de la búsqueda del estado de bienestar o el bien común. El llamado “trumpismo” es la expresión política de esta mutación estructural. Su proteccionismo, su lógica transaccional y su desprecio por las instituciones multilaterales anticipan un tipo de capitalismo donde la competencia ya no se rige por reglas universales, sino por estrategias de poder y poder de fuego. En este nuevo orden, el “mercado” se convierte en un campo de disputa gestionado. ¿Y la autonomía? Bien, gracias.

Las implicancias de esta transformación son profundas y preocupantes. Las libertades modernas abandonan sus fundamentos en derechos y quedan subordinadas a imperativos de seguridad y competencia manipulada. La libertad de expresión, de prensa, de culto, de trabajo y de comercio comienzan a erosionarse, no necesariamente mediante su abolición formal, sino a través de mecanismos más sutiles que imponen formas autoritarias de regulación selectiva, vigilancia tecnológica, censura indirecta y dependencia económica. El libre comercio, en particular, parece encontrarse en estado de descomposición. Las cadenas globales que alguna vez se presentaron como garantía de interdependencia pacífica son hoy reconfiguradas como instrumentos de presión.

La crisis energética actual es el pasaje hacia un orden global donde la energía, la tecnología y la guerra se entrelazan de manera inédita. Un tránsito en el que el capitalismo se vuelve más opaco, más concentrado y más difícil de legitimar.

Quizás, como sugieren los aceleracionistas, estamos asistiendo a una fase de intensificación que precede a un cambio de régimen cultural. Ese mundo que conocimos, sostenido en la promesa de mercados libres, progreso tecnológico y expansión de derechos, parece estar cediendo su lugar a otro más inestable, más opaco y, probablemente, más peligroso.

La pregunta que se abre es geopolítica, pero también histórica y social. ¿Estamos ante el umbral de una reacción colectiva capaz de interpelar esta deriva, con pueblos que vuelvan a ocupar las calles reclamando “una oportunidad para la paz”, o asistiremos, por el contrario, a una nueva intensificación de la lógica destructiva que comienza a reorganizar el orden mundial?


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