
“La Palabra de Dios ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas y políticas”, sostuvo León XIV en la carta encíclica publicada de manera reciente, para referirse a los obispos y fieles de todo el mundo.
Ante la dicotomía entre ciencia y fe, el Sumo Pontífice destacó que “esos conocimientos no restan fuerza al Evangelio y permiten identificar con mayor claridad lo que realmente promueve la vida de las personas y las comunidades”. Incluso, retomó la perspectiva de su antecesor, quien también advertía sobre los avances tecnológicos sin regulación y ponderaba la importancia de la ciencia a la hora de nutrir de la Doctrina Social de la Iglesia.
Desarrollo con ética y normativas
Desde que fue elegido el 8 de mayo de 2025, Robert Prevost mostró preocupación por el avance de las tecnologías y la IA. En la encíclica denominada “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, la mirada de León XIV es clara. No se trata sobre estar en contra o a favor, sino de orientarla hacia el beneficio de las mayorías.
“Los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad para que lo haga fructificar. La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”, advirtió el Papa.
En esta línea, el sucesor de Francisco resaltó: “Debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta. En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente privado, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.

