¿Cómo le explico Darwin a mi hija?

Con esa motivación, el docente e investigador de la UNQ Santiago Ginnobili escribió el libro Una gran familia, que acaba de publicarse. 

Tapa de Una gran familia (fragmento)
Fragmento de la tapa de Una gran familia, de Santiago Ginnobili. Créditos: ilustración de Guido Ferro – Ediciones Iamiqué

Por Santiago Ginnobili*

A comienzos del 2020, en medio del insomnio que muchos tuvimos a comienzos de la pandemia, luego de haber estado charlando antes del sueño con mi hija Helena, que en ese momento tenía 6 años, me presenté el siguiente desafío. ¿Es posible explicar las ideas de Darwin a un niño o niña de esa edad? Y eso me llevó a la siguiente pregunta ¿cuál de las ideas de Darwin sería interesante contarle? Y, fundamentalmente, ¿para qué?

Hay dos cuestiones interesantes que surgen al intentar responder esas preguntas. Por una parte, mucho de los datos de lo que hoy sabemos de biología evolutiva que podemos contarles a niños o niñas de 6 años, ya no van a aceptarse cuando sean adultos. Y por supuesto, si bien las ideas generales darwinianas tienen plena vigencia, muchos de los datos que Darwin tenía a disposición, hoy nos resultan absolutamente equivocados (Darwin es el primer darwiniano, no podría ser de otro modo). Pero fundamentalmente, ¿de qué sirve contarle datos a niños o niñas? Los libros que presentan curiosidades sobre animales (muchas veces con el formato Guinness de presentar los animales más raros, más rápidos, más pesados, más fuertes) son divertidos, les gustan a niños y niñas, pero ¿cuál es la función de ese modo de comunicar la ciencia? Tal vez, generan algo de curiosidad sobre el área, pero no es eso lo que yo quería hacer.

Si tengo que contar lo más importante que hizo Darwin, tal vez por deformación profesional, no me puedo centrar en sus descubrimientos específicos (que son muchos) sino en cómo inauguró o ayudó a consolidar un nuevo modo de pensar. La revolución copernicana y la revolución darwiniana no sólo modificaron lo que sabemos acerca del mundo, sino que modificaron, además, el modo en que se hace ciencia y nuestra concepción del conocimiento mismo.

Me dio la sensación, esa noche de insomnio, que si bien la discusión filosófica al respecto de las consecuencias de las revoluciones es compleja y abstrusa, la concepción de que la verdad no se encuentra en el pasado, sino, en todo caso, en el futuro, y que la labor científica más vital es la formación de recursos que, si tenemos éxito, nos van a superar, esa sí es una actitud que se puede contagiar a un niño o a una niña. En definitiva, refleja la actitud natural curiosa y dispuesta al aprendizaje que ya tienen. La actitud darwiniana de preguntar osadamente (y también peligrosamente),de estar volcado no al respeto por la verdad revelada, sino a la esperanza en la capacidad de las generaciones futuras, es lo que quería subrayar, fortalecer, celebrar. No sólo en el niño o niña, sino también, en el adulto o adulta que les lee.

Hacía poco le había leído a Helena la versión de Alicia en el país de las maravillas que Lewis Caroll hizo para niños y niñas: Alicia para los pequeños. Le había encantado. La versión es más sencilla, pero por sobre todo, está escrita en segunda persona.

Se nota que Alicia estaba un poco asustada, porque se puso detrás del carro, por miedo a que el perro se le echara encima. Eso habría sido tan horrible como si a ti te atropellara un carro tirado por cuatro caballos.

¿Tu tienes un cachorrito en casa? Si lo tienes, espero que seas muy bueno con él y le des de comer cosas ricas. (p. 22)

Por una parte, eso interpelaba todo el tiempo a la niña o niño, volviéndolo parte de la historia. Pero además, el libro parece concebido para ser leído a niñas y niños pequeños, de modo que también el adulto lector se volvía parte de la historia. Esta estrategia, entonces, permitía enfocarme en la naturaleza del conocimiento y el modo de transmisión, y poner al adulto que lee, al que está contando la historia y transmitiendo el conocimiento, en una posición específica, que no implicaba adoctrinar, sino ayudar a pensar, brindar herramientas para alguien que va a terminar pensando mejor que él, que lo va a superar, y que en definitiva, es el que tiene el poder de tomar o no las ideas que está escuchando. Y sí, así de calculadores podemos ser los que estudiamos filosofía, todo el tiempo pensando y repensando las cosas.

Y cuál podría ser el vehículo para transmitir esa actitud, sino la idea más bella. No la más bella que se le ocurrió a Darwin… la más bella en general. La idea de que toda la vida en la Tierra está emparentada. La idea de que constituimos una gran familia. Explicar la selección natural a una niña de 6 años es más difícil, porque, si bien la teoría es sencilla, el problema que la selección natural soluciona, cómo es que los organismos adquieren rasgos que cumplen con ciertas funciones vitales, es difícil de entender. Que la vida en la Tierra está emparentada, en cambio, es algo hermoso, y además, seguramente, compatible con el modo en que se sienten de modo natural frente a los animales.

Tapa de Una gran familia

Me imagine a Darwin contándoles sus ideas a sus propios hijos e hijas, de noche, en ese diálogo íntimo que se forma antes del sueño, y que acababa de tener con mi hija, y empecé a escribir. En un par de noches ya tenía un borrador. Se lo leí a mi hija, se los pasé a amigos y amigas, y familiares, que me hicieron comentarios, lo modifiqué. La suerte hizo que el texto llegue a manos de Ileana Lotersztain y Carla Baredes, que son las fundadoras de la editorial Iamiqué. Y les gustó. Claro, yo no soy especialista en escribir cosas para chicos. Ellas tomaron el texto y en un ida y vuelta de unos meses lo mejoraron, me ayudaron a quitarle lo que no era necesario y a agregarle lo que era importante. Y porque entendieron casi mejor que yo el proyecto, encontraron un ilustrador que permitía reflejar el objetivo del texto de manera magistral. Sus dibujos tienen la precisión del naturalista, pero son locos, divertidos, estimulan la imaginación, dan ganas de jugar, de pensar, de perderse en los detalles (un poco como los de John Tenniel de Alicia…). Los dibujos de Guido llevaron el texto a un lugar al que no pensé que podría llegar. Lo volvieron parte de una obra bella.

Ilustración de Una gran familia (fragmento).Créditos: Guido Ferro - Ediciones Iamiqué
Ilustración de Una gran familia (fragmento). Créditos: Guido Ferro - Ediciones Iamiqué
Ilustración de Una gran familia (fragmento)
Ilustraciones de Una gran familia (fragmentos).
Ilustración de Una gran familia (fragmento).
Créditos: dibujos de Guido Ferro – Ediciones Iamiqué

Es incómodo halagar algo propio, pero es menos difícil cuando se trata de algo que surgió de un trabajo en colaboración, y este libro lo es. Espero que todo el amor que pusimos en su elaboración pueda inspirar el amor y el respeto por la naturaleza, por la ciencia, por Darwin y los darwinianos del pasado, del presente, pero por sobre todo, por los que están por venir.


*Docente e investigador de la UNQ y el Conicet.

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