Cada cosa en su lugar: ¿cómo las movilizaciones a Recoleta ayudan a repensar el espacio público?

En este artículo, el especialista Diego Vazquez* analiza las movilizaciones en apoyo a Cristina Fernández y describe cómo se produce la jerarquización de los espacios urbanos.

Mujer vendiendo comida. Créditos: La Nación.
Mujer vendiendo comida. Créditos: La Nación.

Las movilizaciones en Recoleta para apoyar a Cristina Fernández de Kirchner no solo expusieron la intolerancia de una parte de la sociedad a que otros se expresen políticamente. Simultáneamente, exhibió las reacciones de las clases dominantes ante el desafío abierto al orden urbano y a sus jerarquías. A continuación, un análisis al respecto.

Ubicación, ubicación, ubicación

Desde que las ciudades son ciudades cualquier habitante es capaz de reconocer las diferencias que organizan su estructura y su funcionamiento: existe la zona de las familias más tradicionales y adineradas, zonas intermedias de comerciantes, artesanos o industriales, zonas de trabajadores honrados y zonas no respetables donde se concentra todo eso que desechamos: industrias contaminantes, basura, muertos, enfermos, delincuentes, pobres deshonrados, prostitutas, drogadictos.

Así, se podría decir que en las ciudades cada cosa tiene su lugar o, con más rigor teórico, que las personas, los bienes y los servicios se distribuyen a lo largo de un espacio jerarquizado que se relaciona con los demás a partir de ofrecer más o menos ventajas económicas, sociales y culturales. Sea para buscar casa, trabajo o pareja, la ubicación importa.

El orden urbano y el estar fuera de lugar

Además, un habitante cualquiera también conoce cómo acceder, permanecer y comportarse en estas zonas: cuánto dinero se necesita para adquirir una vivienda, para sentarse a comer o para divertirse en cada una; cómo vestirse, caminar, mirar y dirigirse a otras personas que compartan ese u otro espacio; y qué prácticas son aceptables y cuáles no.

Entonces, es posible pensar que las prácticas y los comportamientos permitidos y prohibidos también poseen su lugar: no recibirá la misma mirada aquella persona que en un día de calor camine sin remera por una calle elegante de la ciudad que si lo hacen en la periferia empobrecida. De ahí que se utilice como expresión popular la frase “está fuera de lugar” para marcar un comportamiento inadecuado en un contexto espacial y temporal específico.

Las ciudades están vivas

Hasta acá la foto. Pero, por suerte, la vida de las ciudades tiene más que ver con una película y las clasificaciones, las jerarquizaciones y las reglas se mueven, mutan y se mudan: un barrio periférico es absorbido por el crecimiento urbano y se torna central; una fábrica cierra y la zona se convierte en un lugar deshabitado y peligroso; un mercado de abastos se renueva y atrae visitantes y turistas; una casa se vuelve un centro cultural y su calle es ahora una referencia para artistas e intelectuales. O un movimiento popular, un suceso histórico, transforma para siempre un pedazo de ciudad. Si una ciudad está viva, sus zonas, sus calles, sus plazas están siempre tensionadas por prácticas contrapuestas, en conflicto. Lo que está permitido y lo que no es siempre un ámbito político, de debate y de lucha.

La apropiación popular de un barrio

Cuando miles de manifestantes llegaron a la casa de Cristina Kirchner en el barrio de Recoleta estas reglas no escritas que prescriben los usos legítimos e ilegítimos estallaron por los aires. Una zona residencial en el norte rico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tradicionalmente identificada con familias de clase alta, poco receptiva a recibir visitantes de otras partes de la metrópolis y mucho menos marchas políticas, se vio repentinamente habitada por una multitudinaria movilización que rompía esa clasificación: cantaban y gritaban, tocaban bombos y redoblantes y hasta levantaban parrillas en las calles y asaban choripanes.

En las coloridas notas con las que los cronistas callejeros llenaban las horas de aire y los vacíos que dejaban los análisis políticos, los habitantes de este barrio, reconocidos como vecinos, mostraban su incredulidad y enojo ante los comportamientos fuera de lugar de sus nuevos compañeros de calle. Las redes sociales también se llenaron de comentarios que mostraban esta incomodidad.

A su vez, desde el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se insistió en la clasificación de fuera de lugar de determinadas prácticas que se estaban desarrollando en Recoleta y así lo expresaba su máximo responsable, Horacio Rodríguez Larreta: “Lo que inicialmente era una manifestación de apoyo, se convirtió en un acampe permanente, con grupos que se iban turnando para ocupar el espacio público amenazando, insultando a vecinos, con ruidos hasta muy entrada la madrugada, con gente subiéndose a los postes de luz, con parrillas en la calle, con fuegos artificiales, se convirtió en una alteración absoluta de la normal vida de los vecinos en toda la zona”.

La respuesta del poder

Por supuesto que la reacción no se quedó en lo discursivo. Antes de las palabras del Jefe de Gobierno, se había dispuesto un vallado sobre la calle para evitar que los manifestantes pudieran acceder. Horas después, se ordenó directamente la represión sobre esas personas para obligarlas a retroceder.

Los discursos envalentonados y las acciones de represión ordenadas desde el poder pueden pensarse como la reacción conservadora frente a una doble ofensa popular. Por un lado, la clásica manifestación que utiliza la calle para mostrar su fuerza ante lo que considera un ataque a sus condiciones de vida o a sus representantes. Históricamente las grandes movilizaciones funcionaron como contrapeso popular frente al poder económico y político.

Discutidas, combatidas y hasta reprimidas, este tipo de práctica de la calle y las plazas es medianamente aceptada por la sociedad argentina desde el retorno a la democracia. Sin embargo, como todo en la ciudad, las movilizaciones también tienen su lugar: los espacios centrales donde se concentran las sedes de los poderes políticos, económicos y religiosos. La liturgia y las tradiciones -banderas, cánticos y gritos, parrillas, fuegos artificiales, música- copan las calles y las plazas en fechas marcadas en rojo en el calendario (24 de marzo, 17 de octubre, 10 de diciembre) y en acontecimientos específicos para expresar su apoyo u oposición a determinadas leyes o medidas políticas. Ahora, la misma práctica pero en un espacio distinto es vista como una ofensa a la vida cotidiana que debe ser restituida.

Aún más. No fueron sólo las prácticas las que fueron clasificadas como inadecuadas. Los manifestantes que llegaban desde distintos puntos de la metrópolis, con cuerpos y orientaciones políticas que no respondían a lo que se supone que deben habitar Recoleta, también fueron marcados por parte de funcionarios y los vecinos como fuera de lugar.  

Los hechos de la última semana, entonces, recuerdan que los espacios de la ciudad están jerarquizados. Qué y quiénes se aceptan en qué espacios es la cuestión. Cuando las cosas no están en su lugar pueden, y suelen, producirse enfrentamientos y tensiones que dan lugar a procesos de violencia simbólica y física que no sólo se dan en el espacio sino que la lucha que se desarrolla es también por el espacio.


*Diego Vazquez, sociólogo y magister en estudios urbanos.

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