Argentina campeona: un festejo histórico, salvo para el antipopulismo de siempre


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En este artículo, el docente de historia Rafael Bitrán narra sus percepciones y emociones sobre la celebración de la Scaloneta, Messi y compañía.

Festejos en el obelisco. Créditos: https://www.diarioconvos.com/
Festejos en el obelisco. Créditos: https://www.diarioconvos.com/

Mal que me pese reconocerlo, no pude evitar reír con algunos de los videos que recibí estos días en grupos de WhatsApp. Compatriotas trepando por todos lados y a todo lo que fuera posible,  con tal de ver a sus ídolos. Argentinos y argentinas diciendo y haciendo las cosas más inconcebibles bajo los efectos del calor, la emoción desbordada y, en algunos casos, el exceso de alcohol. Caídas estrepitosas, que ni los mejores dobles de riesgo podrían imitar; fracturas múltiples, puentes que sirvieron de trampolín para rozar a los “héroes” o, peor aún, para – cómo escribieron en miles de memes- “juntarse con el Diego”.

La verdad, cómo no reír y, a la vez, entristecerse y preocuparse con tales imágenes. Esa risa espontánea y maliciosa que no pude frenar, es triste, egoísta y fundamentalmente ignorante. No solo porque no se detiene en el dolor físico de seres humanos concretos, que sufren esas caídas y, en muchos casos, las terribles de casi todos los días. Sino, principalmente, porque se “olvida” del contexto clasista y discriminador de una gran mayoría de los videos e imágenes que se enviaron y reenviaron por todo el país.

La mamá de Rama, el joven que se tiró del puente para saludar a los jugadores y terminó internado. La respuesta desde otra cuenta de Twitter.

Su compilación puede, perfectamente, armar una película completa donde los y las argentinas podemos ser la reencarnación perfecta de los “monos”, “indios”, “salvajes”, en definitiva: los bárbaros. De hecho, en no pocos casos, los memes venían acompañados de reflexiones moralistas y “civilizadoras” de ese tipo. Personas rasgándose las vestiduras y renegando implícitamente haber nacido en esta tierra. En muchos casos, no casualmente, provenían de conspicuos puteadores seriales de la “argentinidad” y chupamedias enamorados de la cultura del Primer Mundo y las políticas liberales.

Fueron y son muchas y muchos los que aprovecharon estos episodios de desborde popular para insinuar una denuncia “anti-populista” (por ponerle un nombre simplista). No importa qué porcentaje de los millones de movilizados y movilizadas represente; no importa. Lo que les interesa es la finalidad última de su falacia ideológica/política.

No obstante, más me preocupa que esa idea esté instalada en el “sentido común” de muchos de nosotros y nosotras. Aun no pensando igual que los “armadores profesionales de campañas”, muchos y muchas no dejamos de reírnos y, en distintas ocasiones, afirmar -sin un fundamento serio que no sea una generalización superficial- lo salvaje de nuestra identidad. Tal vez, la risa no sea solo ignorante e ingenua. Tal vez, encubra otras cosas que no nos guste admitir de nosotras y nosotros mismos. No en vano, vivimos y reproducimos una sociedad de clases. La risa desubicada podrá seguir fluyendo. Pero, al menos, que no esconda el fondo de la cuestión.


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