Argentina campeona del mundo: las emociones que despertó la albiceleste y su capitán


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En primera persona, este artículo se introduce en el sinuoso terreno de las pasiones y lo inexplicable. El amor a la distancia, las cábalas y una felicidad que aún perdura.

Lionel Messi, capitán de la seleeción argentina, besa la copa del mundo. Créditos: AFA
Lionel Messi es el responsable de casi todas las emociones que experimenté en el últimpo tiempo. Créditos: AFA

Desde la detección semiautomatizada de fuera de juego, las pelotas con sensores y la animación 3D, pasando por la innovadora bota con masajes musculares que utilizó Neymar tras su esguince, hasta la importancia que le otorgaron los jugadores a la salud mental: la Copa del Mundo Qatar 2022 estuvo atravesada por la ciencia, la tecnología y la salud. Un deporte que en los potreros pero también en los grandes estadios está marcado por el azar, esta vez dejó atrás todo eso para convertirse en la competencia internacional más científica y tecnológica de la historia. Sin embargo, hay cosas que aún la ciencia no puede explicar o, al menos, no de una manera que nos conforme. Claro, me refiero a las pasiones. En este artículo, propongo no temerle a la primera persona y escribir desde las emociones que me despertaron este mundial y, en particular, el capitán de la selección nacional.

Nací en un país donde el fútbol es la religión. Todos tienen que ser de un equipo, no importa si después ven o no los partidos: hay que pertenecer a uno porque es parte de la construcción de la identidad. En mi caso, soy de Independiente por herencia y por vivir en Avellaneda, aunque simpatizo con otros clubes. De todas maneras, nunca le presté mucha atención al fútbol local porque no me interesa. Pero con la selección argentina siempre fue distinto: leo cosas sobre los jugadores y el cuerpo técnico, aprendo las reglas de este deporte y hago estadísticas.

Como toda mi generación, quería ver a Argentina campeón del mundo. Es que, los que nacimos después del ‘86, solo teníamos anécdotas ajenas, fotos, canciones y más cosas, pero nos faltaba vivirlo en carne propia y de la mano del actual mejor jugador del mundo, Lionel Messi. De hecho, soy parte de una generación marcada por la derrota en la final de Brasil 2014, cuando Alemania le ganó a Argentina 1 a 0. Ese día fue la primera vez que lloré por fútbol, algo que no hubiera imaginado nunca.

La segunda vez fue este domingo luego de que fuimos por la revancha y nos consagramos campeones del mundo. Y la tercera (y paro de contar) fue este martes, cuando me enteré que éramos alrededor de cinco millones de personas las que nos juntamos a recibir a la scaloneta y marcamos así un récord: la mayor movilización en la historia nacional.

Este mundial fue distinto desde el inicio, muchos sentíamos que jugábamos con los jugadores aunque nos separen miles de kilómetros de distancia. Como sucedía en varias casas del país, en la mía tenía un ritual: media hora antes de los partidos me sentaba en una silla y mis papás en el sillón; me ponía la camiseta sobre mis piernas en el primer tiempo y la vestía en el segundo; no tomaba mate ni comía durante el juego porque eso había hecho con el partido contra Arabia Saudita y habíamos perdido. También, unas horas antes, subía fotos de la selección a las redes con la frase “Es hoy. Mirá si no vamos a confiar” seguido de un emoji con la bandera argentina y un corazón. Por último, terminaba el partido y mandaba al grupo de trabajo un sticker de Messi. Siempre fui cabulera pero nunca con tanto detalle. Desde Argentina, esa era mi jugada para los encuentros; en Qatar, la “scaloneta” jugaba los partidos de verdad y festejaba con el pueblo argentino.

Pero hubo algo más que este mundial me dejó: la sensación de que quiero, y mucho, a un ser humano con el que jamás en la vida conversé ni vi ni toqué. Lionel Messi (o “Lio”, como le grité, pantalla de por medio, durante todos los partidos) es el responsable de casi todas las emociones que experimenté en el último tiempo. ¿Cómo puedo querer a alguien que no conozco? ¿Cómo puede ser que deseaba esta copa porque él y nadie más que él se lo merece? ¿Cómo sé yo lo que él se merece si no lo conozco? Y una pregunta más profunda aún, ¿por qué me pone tan contenta que él esté contento? Los interrogantes abundan y estoy segura que cualquier argentino los comprende y puede entender esta respuesta: no hay respuesta. 

En Argentina la pasión por el fútbol no se explica, se vive y se siente. Con el mejor jugador del mundo pasa lo mismo, no se explica, se lo ve, se lo disfruta, se lo quiere y se le agradece las enormes alegrías que nos dio. ¿Será esto lo que piensa mi viejo cada vez que habla de Maradona y se le llenan los ojos de lágrimas? Me cuesta escribir esta nota porque las emociones que siento me desbordan, pero si le sirve a algún lector o lectora que está pasando por la misma situación, es suficiente. Messi, nuestro capitán, la scaloneta, los argentinos y las argentinas somos campeones del mundo. Seamos felices.


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Luciana Mazzini Puga

Licenciada en Comunicación Social e investigadora de la ficción en la televisión estatal (UNQ)